Nada de palabras, ni gemidos, ni ruegos

Nada de palabras, ni gemidos, ni ruegos


Nada de palabras ni de gemidos. Ni de ruegos. Eso está acordado.

Le tumbé en la cama, a mi merced. Sus ojos brillaban con una expectación creciente, cuando coloqué las esposas en torno a sus muñecas y quedó con los brazos sobre su cabeza, unidos al cabecero.

Iba a hablar, pero le cubrí los labios con un beso. Nada de palabras, nada de peticiones ni de ruegos. Sonrío y yo sonreí con él, conscientes ambos de que nos encantaba este juego. Cubrí sus ojos con una venda negra y sus labios trataban de alcanzarme en la oscuridad, solo guiados por mi olor.

Me puse de rodillas ante él y le dejé disfrutar de mi erección, lamer mi glande, chupar mis huevos. Pero después me separé y sé que le dejaba con ganas… pensé ….

—No importa, pronto suplicarás por otra cosa.

Rebusque en la mesilla hasta encontrar el masturbador, la copa transparente que me permitía ver a la perfección como su polla se inflamaba y crecía, cómo se endurecía cuando se sobreexcitaba. La lubrique con cuidado y la introduci en el masturbador, y su espalda se arqueó.

Reprimió un gemido, porque habíamos dicho que nada de palabras ni de gemidos. Ni de ruegos.

Mordió sus labios mientras yo masturbaba, cada vez más rápido, su polla erecta. La sentía palpitar, endurecerse con cada movimiento. Acelere el ritmo de mi muñeca, para complacerle en silencio, para poder ver lo que deseaba.

Quería eyacular y gritar al mismo tiempo, pero presioné su pene para que no saliera, mordí sus labios como recuerdo…

—Nada de palabras ni de gemidos. Ni de ruegos.

Y solté para que brotara ardiente, y ahora entendió por qué sobraban las palabras, los gemidos y los ruegos.

Su respiración en mi oído erizaba mi piel como por arte de magia.
Observé sus ojos, brillantes y ambarinos en el espejo que había frente a la cama, y me devolvió una mirada hambrienta. Sus dientes se clavaron en mi cuello y yo gemí sin contenerme. Mis manos le buscaban y enredé mis dedos entre sus cabellos de profundo color negro, acercándose hacia mí, haciendo más hondo ese beso que dibujaba una flor de fuego junto a mi clavícula, el primer ingrediente de esta poción mágica que creamos.

Presionó con su mano en mi nuca y yo obedecí la petición silenciosa. Me incliné hacia delante y arqueé la espalda, el ayudante perfecto para sus trucos de prestidigitación. Sus labios dibujaban runas en mi espalda y formuló un hechizo con su lengua. Miré el espejo en el techo y nos vi allí, yo hechizado entre las sábanas y el de rodillas junto a mí.

Curvé aún más mi espalda, exponiéndome, y vi en el reflejo que se inclinaba junto a mí. Agarraba los elásticos del suspensorio que dejaba mis nalgas al aire, y continuó el hechizo con su lengua entre ellas. El embrujo de su aliento me estremeció y eso le incitó a seguir el ritual:

—saliva, gel, un dedo… dos….

Sus ojos estaban fijos en los míos, en mi reflejo de ese mundo de cristal que nos servía para adivinar nuestros movimientos como si de premoniciones oníricas se tratasen. Formulé las palabras del hechizo, la petición final que culminaba el ritual:

— “Fóllame”, pero tú ya te habías anticipado.

En sus manos relucía el dildo. Elegante y negro, como mi suspensorio, como las sábanas y como sus rizos. Contuve la respiración, expectante por el truco final.

Me penetro con suavidad y decisión. Sus ojos hipnotizando los míos, el dildo clavado entre mis nalgas. Me arqueé al sentir el recorrer de la magia por mi espalda y crispé mis manos entre las sábanas, porque el placer me hizo perder el control.

Gemí, grité. Y tú susurraste mi nombre…


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