Adiccion

Adiccion

Mi primera experiencia sexual fue a los 14 años con un primo de mi familia que tenia 50 años, me enseño lo que era un pene y lo tenia descomunalmente grande. Se bajo los pantalones y lo puso en mi mano y me dijo que lo tocara y me gusto, acercó su mano para meterla por debajo de mi vestido y me toco la vagina, me quede quieta sin saber que hacer, note cosas especiales, increíbles y me gustaba, después me pidió que le chupara la polla y no quise, pero me cogió para que me acercara y me la metió en la boca, me daba asco, pero poco a poco me empezó a gustar y siempre que podía chupaba ese miembro dulce y maravilloso.

Después de varios meses de tocarle y masturbarle, un día me la metió. Me hizo mucho daño, sangre un poco, pero a medida que continuaba metiéndome aquella enorme polla, me gustaba y quería mas. A partir de ese momento, le buscaba todos los días y quería mas. llegamos a mantener relaciones hasta 2 y 3 veces al dia.

Pero pasaba el tiempo, y el tenia mucha mas edad que yo y ya no tenia fuerza y no se le levantaba como antes, ya no era lo mismo, tenia que ayudarle a meterla en mi coño con la mano y no estaba tan dura como antes. Y a partir de ese momento buscaba hombres con miembros grandes, necesitaba sentir ese dolor y al mismo tiempo placer y así me enganche al sexo de pollas grandes

Recuerdo en una ocasión que llevando un tiempo con mi primo, cada vez me gustaba más el sexo, disfrutaba locamente con meterme ese miembro dentro, solo pensaba en que llegara el momento de estar con el. El caso es que fuimos al campo y al llegar me entrego un regalo, y emocionada lo abrí rápidamente, era un vibrador de pilas, era grande, flexible y color carne. Se le notaban las venas y parecía real.

Nos besamos y enseguida y sin respirar cogí su polla y la saque del pantalón, la chupe desesperadamente, lo toque y empece a tocarme el clitoris para excitarme aún más, que estuviera bien mojado mi coño y meterme ese miembro que me volvía loca. A continuación me puse encima de el y me la metí dentro de golpe. Grite y no se si fue dolor o placer.

Así estuvimos un rato, metía y sacaba esa polla de dentro de mi, en un momento dado, el me levanto, me tumbó sobre el suelo, me abrió las piernas y empezó a chupar mi vagina, poco a poco se iba mojando los dedos del flujo de mi coño y empezó a tocarme el culo, hasta que empezó a meter un dedo y después otro, era una sensación nueva que me gustaba, atrás se estaba abriendo poco a poco y notaba que los dedos entraban y salían fácilmente.

Cada vez mejor mientras seguía lamiendo mi vagina , estaba alucinando de placer, estaba muy caliente, y no me di cuenta que había cogido el vibrador y me lo estaba metiendo por detrás, era un placer enorme, no aguantaba mas y veía que estaba a punto de correrme, quería mas y mas.

Me puso agachada en la posición del perrito y empezó a meterme su polla por la vagina y el vibrador por el culo y cuando estaba a punto de estallar, grite que quería mas y me metió hasta el fondo el vibrador y estalle con un grito de placer que los pájaros salieron volando de los arboles. Fue tremendo, algo increíble , lo repetimos varias veces mas, porque el placer era indescifrable.

Hasta que un día metió su pene por detrás y me rasgo el ano. No pude volver a meter su pene por detrás, jugábamos con el plástico y eso lo aguantaba sin problemas.

penelope.estudios@hotmail.com

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Siempre es lo mismo

Un día estaba con unos compañeros de trabajo tomando un aperitivo, me presentaron a un hombre alto, simpático, muy simpático, atractivo y con mucha palabra, era un encanto.

Me estuvo alabando continuamente, diciendo lo bien que estaba, lo guapa, inteligente y esas cosas que a las mujeres nos gusta escuchar. El amigo que nos presento, al ver todo eso, puso una excusa y se marchó.

Cuando nos quedamos solos, este me convenció para almorzar, fuimos a un restaurante muy cuco y pedimos la comida, caían las botellas de vino y entre risas pasaba la tarde, y la verdad que lo estaba pasando bien. Cuando nos dimos cuenta vimos que éramos los últimos clientes que quedaban en el restaurante, entonces me cogió de la mano y salimos corriendo, después de abonar la factura, y fuimos corriendo por la gran vía, me llevó a un local donde se bailaba salsa cubana, y sin pensar o preguntar, me cogió y empezamos a bailar, no me gusta el baile, pero me giraba, daba vueltas y reíamos como niños, así estuvimos bailando durante mucho rato, hasta que le dije que parara que estaba mareada.

Salimos fuera del local, andamos unos metros, y me iba despejando, pero tenía un mareo tremendo, con ganas de vomitar, mareada y me agarré a él, me di cuenta que entrábamos a un hotel, le conocían bien, cogió las llaves y sin dar documento, pago y subimos a una habitación.

Al entrar fui corriendo al baño, donde vomité todo, y después de el mareo tan grande, entré en la ducha y me puse debajo del agua no se el tiempo, pero el agua fría me venía bien, poco a poco me encontraba algo mejor, pero no salía de la ducha.

Abrí los ojos cuando note que me cogía del hombro y me entregaba una toalla, salí y él me fue secando despacio, me besaba en las mejillas y se preocupaba por mi. Me llevo a la habitación y me tumbó para decirme que descansara que el iba al baño. A los pocos minutos y sintiéndome mejor, oí que salía y volví la cabeza para mirar, y vi que estaba desnudo con la polla medio erecta, tumbado a mi lado, sin decir nada, abrió mi toalla y me la quitó y empezó a besar mis pechos, mientras decía lo buena que estaba, que cuerpazo, que pechos, que labios, y no se que mas cosas.

Entonces se puso de rodillas frente a mí, alzo mis piernas y sin contemplaciones metió su polla en mi vagina, empezó a moverse y me preguntó si estaba caliente y le dije que no, pero el dijo que cuando cogiera ritmo iba a ver como me ponía de cachonda, que era un buen amante y bla bla bla…..

empezó a ponerle más empeño y moverse mas de prisa, yo me encontraba mal y se lo dije, pero el decía que ya le faltaba poco, así que me quedé como muerta esperando que terminara y dormir algo. Cuanto más deseaba que terminara mas tardaba, hasta notaba que le estaba quedando la polla blanda, pero de repente dijo algo y se corrió, cayo a mi lado en la cama volviendo a decir lo mismo…. que si que buena estás ….

y hablo de su mujer, que estaba separándose, que tenía tres hijos y que su vida era un infierno. Que quisiera estar siempre conmigo, pero que de momento podíamos vernos para follar, pero que luego a lo mejor para casarse conmigo.

Fue oír eso, que cogí fuerzas, me levanté y fui a la ducha y como nunca me restregué el coño, limpiándolo con fuerza, que asco de hombre, el recordar lo que había pasado y como y porque, me dieron aún más nauseas. Me vestí y mientras el tenía los ojos cerrados, con una polla doblada y sin vida, recogí mi bolso y salí de la habitación sin apenas hacer ruido. No volví a verle.

penelope.estudios@hotmail.com

Mi historia con Paloma



Desde que era muy joven me di cuenta que no soy normal. Siempre me he sentido atraída hacia las formas de ser de los chicos y me identificaba con ellos más que con mis compañeras. Cuando fui siendo mayor, me di cuenta que los chicos no me llamaban en absoluto la atención, y no puedo negar que, sobre todo al principio, saliera con alguno, pero era más bien intentar ser como mis amigas y cubrir el expediente.

En cambio, qué decir de las chicas. Siempre me han gustado. Me metía en el servicio con ellas para verlas mejor, todo su cuerpo, me empapaba de sus desnudos en los vestuarios. Siempre me controlé. No quería que nadie supiera de mis inclinaciones. Así llegué hasta los diecisiete años.

Tengo que decir que la culpa de todo lo que pasó en esta historia es de mi hermana Paloma. Vivíamos en Sevilla junto a mis padres. Cuando yo tenía dieciocho años, ella tenía veinticinco. Os llamará la atención esta diferencia de edad. Se debe a que fui lo que se llama “un despiste”. De todas formas, no somos mas que nosotras dos. Ella era muy distinta a mí. No digo físicamente, pero sí de carácter.

Paloma y yo somos de pelo negro y ojos marrones. Yo soy más alta que ella ahora, pero entonces éramos casi iguales. Eso sí. Yo con diecisiete años era un palo de delgada, y ella a sus veinticinco años, no voy a decir que estuviera gorda, ya que gorda no ha estado nunca, sino que tenía las carnes muy bien puestas. Yo solía vestir con ropa de deporte, pues me ha gustado mucho tener fuerza y estar ágil y he hecho siempre deporte. Ella era en cambio muy coqueta, aunque siempre con elegancia.

Yo siempre he usado una melena que no me cubra el cuello, mientras ella luce siempre una cabellera que ha veces lleva suelta y otras veces con coleta, falda por encima de la rodilla, camisas que desabrocha, zapatos de medio tacón.

La coquetería de Paloma no está tanto en su forma de vestir como en su carácter. Le gusta que la mimen, ser el centro de atención, sentirse admirada. Siempre ha tenido un montón de pretendientes, y siempre ha jugado con ellos, como pretendía jugar conmigo. Yo en cambio soy seria de carácter, y aunque soy la menor, tengo que decir que por el carácter de mi hermana he sentido a menudo que me faltaban los mimos de mi familia.

Como quiera que fuera, como tengo un carácter tímido, no me atreví, en un principio a buscar mi media naranja dentro de mi mismo hemisferio. Mi hermana era muy femenina. Se paseaba frecuentemente en braguitas delante mía. Sólo en braguitas, o en un camisón que siempre se me antojaba trasparente. El cuerpo de mi hermana era totalmente distinto a los que había visto en los vestuarios. Era una mujer hecha y derecha.

Empecé a masturbarme pensando en los senos que se le veían a través del camisón, o cuando al salir de la cama, se ponía una camiseta. En las nalgas contenidas por las siempre inmaculadas y blancas bragas, que temblaban al pasear mi hermana por el pasillo, en los muslos que le asomaban cuando se sentaba a mi lado en el sofá.

El verano de 1995 tuve que quedarme en Sevilla preparando la selectividad, pues me habían cargado en junio. Le hice la puñeta en parte a mi familia, pues mientras yo me quedaba en Sevilla estudiando, con mi padre que tenía que trabajar, mi madre y Paloma se fueron a un apartamento que tenemos en la playa, en Matalascañas, Huelva. Mi padre y yo íbamos a visitarlas los fines de semana.

Me cundían los días estudiando y también le hacía de comer a papá, y le planchaba y lavaba. Por las tardes me iba a hacer footing, y después de correr, cuando estaba en la ducha, me masturbaba, pensando en mi hermana. Me divertía pensar que le provocaba a Paloma el mismo placer que yo me provocaba a mí misma con el dedo.

Cuando mi padre y yo íbamos a la playa, yo era una esponja que absorbía todo lo que significaba sexualidad en Paloma. Sus top-less. Sus paseos con una toalla alrededor del cuerpo, las noches con nuestros amigos comunes. Cada gesto, cada movimiento me excitaba.

Un fin de semana coincidimos mi hermana y yo, iba con mis amigas, en la misma discoteca. Era una discoteca cercana a la playa. Yo la vi a ella y me disponía a saludarla cuando me di cuenta que se le acercaba un chico con el que parecía mantener una relación “especial”. Yo lo conocía. Era Mariano, un amigo suyo de hacía tiempo. Estaba claro que estaban saliendo.

Mi hermana estaba dando un espectáculo delante de mis amigas. Se besaban a brazo partido y dejaba que Mariano la toqueteara por todas partes. Yo estaba roja de vergüenza… y de celos.

— La muy guarra. Se lo voy a decir a mi madre nada más llegar.



No paraba de repetirme y de decirles a mis amigas. Mis amigas la disculpaban. Pero se que esa noche no pararían de hablar de ello y de reírse de mí, por mi hermana.

En un momento dado salieron de la discoteca. Yo, los seguí. Les dije a mis amigas que iba a pedirme una cerveza a la barra, pero lo cierto es que lo que hice fue seguir disimuladamente a mi hermana y Mariano. Se metieron en el coche de Mariano, pero en lugar de arrancar, vi que seguían besándose.

No debí hacerlo, pero tras estar espiándole un rato, comencé a acercarme, primero deprisa, pero conforme estaba más cerca, me iba parando viendo la cabeza de Paloma. La cabeza de Mariano no aparecía por ninguna parte. Me interesó lo que sucedía, así que di una pequeña vuelta para acercarme sin que me vieran.

Allí estaba. Paloma tenía la camisa abierta y el sujetador desabrochado. Sus pechos desnudos aparecían como manchas claras en la penumbra. Mariano tenía la cabeza entre las piernas. No pude ver si mi hermana se había quitado las bragas o no, pero sí que mi hermana tenía el “eso” de Mariano, que asomaba en la bragueta desabrochada, en la mano.

Esa noche lloré al llegar a casa. No tenía más motivo para llorar que los celos. Paloma me lo notó y me quiso sonsacar, pero no le dije nada.
El caso es que desde ese día, la obsesión por mi hermana fue creciendo. Y en un momento dado de la semana que transcurrió a continuación me propuse hacerla mía. No sabía cómo lo haría, pues yo no tenía experiencia ni nada.


Quiso la casualidad que cayera en mis manos unas revistas porno que mi padre había comprado y que dejó debajo del colchón, para que yo no las viera, pero claro, al hacerle la cama, las vi.

En las revistas aparecían fotos muy claras de cómo una chica tiene que tratar a otra, a parte de algunos relatos que me parecieron algo bestiales. Me empapé de todo aquello, todas las mañanas me veía las revistas y no paraba hasta que me masturbaba. Mamá me encontró más delgada que de costumbre el fin de semana siguiente. Un buen día, las revistas desaparecieron. Supongo que las compró papá en un mal momento.

Comencé a cambiar de actitud con Paloma. Procuraba quedarme a solas con ella. Un día entré al cuarto de baño mientras ella se duchaba, y me dediqué a hablar con ella y a observarla mientras se enjabonaba. Me pidió que le diera por detrás, y la enjaboné. Luego le alargué la toalla…

¡Qué magnífica mata de pelo negro cubría su sexo! Y en medio, se distinguía la hendidura que esconde su clítoris. Qué lindos pezones, que estaban rugosos por el agua que le había caído y el frío que pasaba mientras le entregaba la toalla lentamente.

Comencé a tomar por sistema la medida de entrar en el baño cuando ella estaba, especialmente si no estaba Papá. Un día escuché el chorrito de pipí a través de la puerta. Entré. Creía que me echaría una bronca, pero no me dijo nada. No le pareció mal. Comencé a pintarle las uñas de las manos, también la convencí para que se pintara las de los pies. Comencé a ayudarle a depilarse (Yo no me he depilado en mi vida). Indudablemente, le comencé a echar crema bronceadora y protectora donde no llegaba su mano.
Primer intento

Un día nos alejamos mucho de la urbanización, por que Paloma quería hacer top less y la playa estaba vacía. Me dijo que le echara cremita por todo el cuerpo. Estaba tentadora. De espaldas al sol, me ofrecía un trasero redondo y moreno en parte. Comencé a broncearle las pantorrillas, mientras pensaba si hacer o no hacer lo que estaba pensando. Sus pantorrillas dieron paso a sus muslos. Los amasaba intentando inculcar una presión y un ritmo que le aseguraran a mi hermana que aquello era un reclamo sexual.

Le pedí permiso para darle crema en el trasero. Aceptó. Le dije que le apartaría el bañador para extenderla bien. No me contestó. Comencé a embadurnarle de crema las nalgas y el interior de los muslos. Me sentía excitada y mi respiración se aceleraba. Estaba segura de que si hablaba, Paloma lo notaría, así que pasé a extenderle la crema por la espalda.

Mi mano se escurría por los laterales, deseaba tocarle los senos. Cada vez mis manos iban más hacia abajo. Esperaba que de un momento a otro Paloma diera media vuelta, y me quitara el bote o me cortara el rollo de alguna manera. Pero en lugar de eso, se dio la vuelta, para que le extendiera la crema por la parte delantera.

Comencé por la cara, primero por la frente, luego por la mejilla, la barbilla y alrededor de la boca. Calculaba mentalmente los efectos que le produciría. Luego le di crema en el cuello y en los hombros, el ombligo, y finalmente, las tetas. Mi mano se llenó de crema que extendía sobre todo el pecho de Paloma sin distinción. Luego comencé a rozar sus pezones con la palma de mi mano. Paloma me miró con desaprobación.

— Es…la zona…más sensible

Le dije con la voz entrecortada por la excitación, queriendo explicarle lo que sólo podía explicarse de otra manera bien distinta. Si mi hermana hubiera sido de otra manera, me hubiera quitado la crema y me hubiera mandado a hacer puñetas, pero es una calentona. Le gusta sentirse admirada y deseada, y aunque no dudo que aquello era nuevo para ella y le pilló desprevenida, actuó incitándome.

Pasé a extenderle la crema en las piernas, pero por delante. Evidentemente, ella estaba tumbada con las piernas entreabiertas. Mis manos le acariciaban la parte interior de los muslos, cada vez más cerca del conejito, hasta que la rocé un par de veces con la muñeca. Mis manos incluso se posaron y pude sentir la calidez de su sexo.

Comencé a darle con el dedo en la ingle, hasta que conseguí mi objetivo: introducir un dedo a través del bañador. Yo jadeaba de excitación. Ella se levantó de repente y se dirigió al agua. Me quedé compuesta y sin novia.

No tardé en seguirla. Había cierto oleaje, y ella se divertía esquivando las olas, a lo cual me sumé yo. Intentaba acercarme a ella, y cuando estaba cerca, abrazarla, pero se chafaba siempre. Yo insistía. Conseguí tocarle un par de veces la suave piel de las nalgas. Hasta que me gritó:

— ¡Eva!¡Vale ya! ¡Déjame tranquila de una puta vez!-

Salió del agua, cogió sus cosas y se fue. Me fui detrás de ella, pero dejando pasar el tiempo, quería que si se lo contaba a mis padres, que me recibieran con toda la violencia que requería la situación. Vamos, quería saber nada más verles la cara a mis padres si se lo había contado a no.

Mi hermana no le contó nada a mis padres. ¡Qué alivio! Pero en cambio, hubo un cambio radical en su actitud. Se cerraba con llave al entrar en el baño, dejó de darse los paseos que tanto me excitaban. Incluso me hablaba con frases cortas. Estaba enfadada conmigo.

Me di un tiempo en la persecución a la que sometí a Paloma. Seguí masturbándome mientras pensaba en ella, o viceversa. Pero al final del verano, mi mamá y Paloma volvieron de la playa. Era mitad de agosto. Surgió un problema en las tierras que tenemos en Córdoba y mi papá se vio obligado a ir hacia allá dos fines de semana seguidos. Comenzó entonces el acoso a Paloma de nuevo.

Me ponía a ver revistas porno, aquellas que tenía escondidas papá, delante de ella. Me paseaba desnuda para que me viera, e incluso, más de una vez me pilló masturbándome. Vamos, que me puse a masturbarme delante de ella, mientras clavaba mi mirada en sus ojos oscuros. Ella se ruborizaba siempre. Una de las veces coincidió que yo estaba en el baño y ella entró.

Comencé a hacerle posturitas. Ella no quería mirarme, pero me miraba. Cuando salí de la bañera, ella se miraba delante del espejo, y al pasar a su lado, le di un achuchón, y restregué mi cuerpo contra su trasero. Cerró la puerta tras de mí. Sentí la ducha. Salió en toalla hacia su cuarto. Si me abalanzaba sobre ella y le quitaba la toalla tras tirarla al suelo ¿Qué haría?

La seguí por el pasillo, encantada de observar el rítmico movimiento de sus caderas, hasta que entró en su cuarto y escuché cerrar el cerrojo. Pensé en ese momento que Paloma nunca sería mía. Me acerqué al baño, desesperada y vi sus braguitas en el suelo del baño.

Cogí sus braguitas y las olí. Olían a sexo… y pude ver una manchita húmeda en la tela que tapaba su almejita.

¡Paloma se excitaba al verme!

La gran lotería me tocó al siguiente fin de semana. El jueves, Paloma, tras una larga conversación telefónica con Mariano, comenzó a llorar. Se encerró en su habitación. Fui a consolarla. Me la encontré sentada en la cama. Llorando…

— ¿Qué te pasa, Palomita?- Le decía mientras me sentaba a su lado y le besaba la cabeza, triste yo también de ver a mi hermana tan desangelada.
— Nada, que todos los chicos son iguales. Este cabrón nada más irme de la playa se ha liado con Nuria, y me ha dicho que lo nuestro ha acabado.
— Pero si estabais tan bien hasta hace unos días. Eso ha sido la zorra esa que se ha metido por medio

Paloma comenzó a llorar desaforada. Algo había detrás que no me quería decir. Le costó reconocer que no se llevaba bien con Mariano. Había tenido sobre todo, un problema de relaciones sexuales. Lo habían estado haciendo durante el verano. Ella no se había corrido ni una vez. Era incapaz de llegar al orgasmo.

— Pero mujer. ¿A quién se le ocurre ponerse a hacerlo en un coche a la salida de una discoteca?- Paloma se quedó sorprendida de que supiera aquello.
— Yo estoy segura de que tú, en condiciones normales te corres como la primera.

Paloma me miraba desconsolada, pero ya no gimoteaba al menos…

— ¿Crees eso realmente? ¿Cómo lo voy a saber yo? ¿Qué más me da ya, si Mariano me ha dejado?
— Yo, esto de los chicos lo he tenido siempre muy claro. Le dije a Paloma.
— Mira, tonta, Si ese te hubiera querido, te hubiera llevado a un sitio más romántico. Y no te preocupes, que detrás de ese vendrán más.

Comencé a besarle las sienes y a beberme las lágrimas que le caían por la mejilla. Mientras, mi mano se posó en su muslo. La respuesta negativa no se hizo esperar…

— Déjalo, Eva. Llevas razón, pero tengo que desahogarme. No me agobies- No la agobié.

Al día siguiente, seguía en el mismo plan lloroso por más que mamá se empeñaba en animarla. Mamá no sabía, lógicamente todo el problema. Yo me hice mi plan. Paloma pasaba por un momento malo y yo me tenía que aprovechar. Ese fin de semana era vital para mí.

Pero por poco me lo chafa todo papá, pues al ver la cara de Paloma, se empeñó en que fuéramos todos a la casa de Córdoba. Yo le eché por achaque que tenía que estudiar para la selectividad. Al quedarme yo, por fuerza tenía que quedarse Paloma.

Estuve toda la tarde del viernes con Paloma. Estuvimos como en los viejos tiempos. La depilé las piernas y le afeité el sobaco. También le ayudé a hacerse las tiras. Le ayudé a pintarse las uñas de los pies. Yo pensaba que me iba a comer a un bomboncito la noche siguiente.
Nos quedamos viendo la tele. Pusimos la película más erótica que porno de la noche, pero fue suficiente para ver que Paloma se divertía viendo aquellas escenas y no le daba ninguna repugnancia las escenas de lesbianas, aunque, eso sí, se ponía colorada.

Me masturbé pensando en las perrerías que pensaba hacerle a mi hermana la noche siguiente. No podía apartar de mi mente la imagen de la entrepierna de mi hermana, cubierta apenas con las bragas mientras le hacía las tiras. Hasta mi nariz llegaba el aroma de su sexo mezclado con el perfume de la ropa recién lavada.

Por la mañana me percaté de que Paloma no cerró la puerta al meterse al baño. Entré y me ofrecí a enjabonarla. Paloma se dejaba enjabonar todo el cuerpo, y tan sólo me apartó la mano cuando quería adentrarme con la esponja entre las piernas. Luego cogí la manguera y comencé a enchufarle por las zonas donde tenía jabón. Por todas las zonas. No opuso resistencia, hasta que su excitación fue ostensible…

— Déjalo ya, Eva.

No quería presionarla, por no echarlo todo a perder. Le ofrecí la toalla, y ella vino a mis brazos a refugiarse de la frescura del ambiente.
Nos preparamos de comer. Nunca he dado tantos besos en la cara a mi hermana como mientras preparamos aquella comida. Luego comimos y le propuse a Paloma la idea de preparar una fiesta para esa noche. Aceptó, así que compramos refrescos y una botella de ginebra. Paloma se reía de que una deportista como yo fuera a beber algún combinado.

También compramos pan de molde para hacernos unos montaditos. La tarde pasó en la cocina. Nos pusimos a preparar los montaditos. Cada vez que podía, como de broma, le pegaba a Paloma un achuchón, que ella me devolvía. Cada vez los achuchones eran más fuertes. Entre achuchón y achuchón nos fuimos bebiendo los primeros combinados. Yo era la que los servía, y no los servía iguales.

Paloma pronto tenía más que un puntillo. Por eso, cuando tras un achuchón que me pegó, yo la agarré por la espalda, noté que la resistencia que ponía era más ficticia que real. Le mordí en el hombro, siempre como de cachondeo, y ella echó el culo para atrás, pero se encontró con mi pelvis. Sólo le dije una cosa…

— Vete preparando, que esta noche vamos a tener movida.

No contestó ni sí ni no, sólo sonrió con malicia. Lo tuve entonces muy claro. Le puse un par de combinados más. Comimos una sentada frente a la otra. Yo llevaba mi típico pantalón de chándal y una camiseta, debajo de la cual no llevaba nada. Paloma vestía una falda y una camisa de botones, con unas zapatillas. No me gustaba como vestía para esa ocasión, por eso, tras tomarnos los montaditos , le dije que íbamos a bailar, pero que era necesario que cambiara de aspecto.

La llevé de la mano a su dormitorio y le saqué del armario una ropa que mi hermana no se ponía desde hacía diez años. Eran faldas que le quedaban mucho más cortas y suéter que le quedaban súper ceñidos. Después, mientras ella comenzaba a cambiarse, fui al cuarto de mamá y le saqué unos zapatos de verano, de esos que son tres o cuatro tiras cruzadas, con un tacón muy alto.

Al volver a su cuarto, pude verla en ropa interior. Le ordené que se quitara el sostén, ya que no lo necesitaba con el suéter. Luego fui a buscar unas bragas mías, y le ordené que se las pusiera. No quería violentarla, así que salí de la habitación, pero sólo al comprobar que comenzaba a cambiarse las bragas. Yo también me cambié. Me puse una camisa blanca de papá, que me estaba anchísima y unos pantalones del traje, que me estaban igual. El conjunto remataba con unos zapatones. Cuando llegué, Paloma comenzó a reírse al ver mi aspecto estrafalario. Luego me dijo, de broma…

— No le da vergüenza, hacer esperar a una dama.

Puse un disco de Carlos Gardel y nos pusimos a bailar tangos. Imagínense. Ella con esos zapatos de tacón y la falda cortísima. Yo con aquella ropa anchísima. Aquello me sirvió para que con el meneo, Paloma estuviera todavía más mareada, y de paso, para que le perdiera el miedo a mi contacto.

Tras los tangos pusimos un disco muy romántico, de Roberto Carlos, que sabía que le encantaba. Comenzamos a bailar agarradas, con los zapatos de mamá, ella estaba muy alta. Comencé a hablarle…

— Querida mía. Creo que la adoro. No puedo vivir sin Usted. Ella se reía. SU risa me exasperaba. Me ponía nerviosa.
– ¿Qué le ocurre?. Se ríe de un caballero- Mi cara se acercaba a la suya. De pronto, una de las manos que caballerosamente conservaba en la cintura la agarró de la nuca y acercó la boca suya contra la mía.
– Eso ha estado muy mal, muy mal.- Me dijo tras el primer beso. Pero no opuso ninguna resistencia al segundo beso. Esta vez fue ella la que llevó la voz cantante, introduciendo su lengua en mi boca. Yo quise morderla con mis labios pero se escurrió.

Como antes me había comido los montaditos, ahora empezaba a disfrutar el trabajo del día anterior. Mis manos comenzaron a subirle la falda y a acariciarle el trasero, En efecto, mis bragas le estaban minúsculas a Paloma. Sentí el frío de sus nalgas, que se calentaban rápidamente en mis manos. Tiré de ellas hacia lados opuestos y sentí como las bragas se le iban metiendo entre los cachetes. Ella con sus manos se limitaba a agarrarse por detrás mía.

El suéter señalaba los pezones de Paloma, ahora mejor que nunca. Nuestras bocas no paraban de pelear entre sí, intentando conquistar cada una el territorio de la otra.
La boca de Paloma me sabía a miel. Era un caramelo que tenía que deshacer en mi propia boca. Metí una pierna entre las suyas y se la clavé en el sexo. Sentía la excitación de Paloma en que cada vez se entregaba más. Ahora era yo la que había triunfado en la lucha por su boca. Mi lengua se introducía en cada rinconcito…

— Hoy vas a saber lo que es un orgasmo, putita

Le dije al verla entregada. Ella me escuchaba concentrándose sólo en mis caricias. Notaba mi propia excitación como un peso en el vientre. Le di un tirón al suéter que se desgarró. No nos importó, por lo viejo que era. No conseguí mucho, así que volví a tirar de él, y ahora si asomó uno de sus senos. Rápidamente lo agarré con las manos, presionándolo, y me lo llevé a los labios.
Lamí ese seno varias veces, alrededor de la aureola. De pronto, me metí el pezón en al boca y miré a Paloma a la cara, entornado la vista. Paloma me miraba placenteramente y hasta agradecida. Comencé a sentir crecer la punta del pezón entre mis labios y apretar estos a la vez. Jugué con él como si quisiera arrancárselo de un mordisco, moviendo la cara hacia un lado u otro. Paloma comenzó a susurrar un ronco gemido. Mi otra mano se adentraba por detrás en la zona trasera de su sexo.

Me incorporé. Noté el muslo que había entre las piernas de Paloma un poco húmedo y me acordé que los pantalones eran de Papá, así que rápidamente me los quité, sin quitarme los zapatones. Me costó. Por poco me caigo, pero salieron. Paloma se desabrochó la falda mientras tanto y calló al suelo. Mis braguitas, por delante no le cubrían ni la mitad de la barriga. Se le adivinaban los dos labios del sexo, y pensé que debían de estar acariciándole el clítoris. Se iba a quitar el suéter, pero se lo impedí. Me gustaba verla así, con el suéter roto y un seno al aire.

Comenzamos de nuevo a bailar, pero esta vez más tranquilas. La besaba en el canal del pecho, en los hombros, en el cuello. Paloma me musitaba susurrando palabras de reprobación, que no servían sino para ponernos más calientes a las dos.

Le di un beso cuando pasaron unas cuantas canciones, le dije que fuéramos a su dormitorio. Ella fue delante. Yo veía media espalda desnuda y un culo con los dos cachetes desnudos por lo pequeñas de las bragas. Mantenía el equilibrio como podía con los altos tacones. Me fui desabrochando los botones de la camisa de papá, y me deshice de ella, dejando al descubierto mis pechos pequeños y bien puestos. Paloma se quería quitar los zapatos, pero yo no la dejaba.

Llegamos a su cuarto. Me fui a abrazar a ella, pero cuando estaba próxima a mí, le di un empujón que la hizo caer de golpe sobre la cama. Paloma me miró confusa y sorprendida, pero se podía adivinar su excitación…

— Te voy a hacer una mujer.

le dije, mientras ella se llevaba las manos al pelo, alisándoselo, esperando la próxima jugada. Me coloqué de rodillas frente a ella y tras besarla en la boca y el cuello, volví a disfrutar de la excitación de su pezón. Mientras, de un tirón terminé de romperle la costura del otro tirante y comencé a manosear con fuerza el seno recién descubierto. Paloma me daba besos en la sien mientras repetía mi nombre…

— Eva, Eva, Evaaaa

Puse la mano sobre el sexo de Paloma, apenas cubierto por las bragas, y lo encontré empapado. Me acordé entonces de la negativa y la oposición que había encontrado hacía unas semanas, y decidí vengarme.
Agarré las bragas por la parte trasera del cuerpo de Paloma, y tiré de ella con fuerza. Sentí como se agitaba su cuerpo y se abrían sus piernas, buscando seguro un poco de sosiego para su almejita.
Comencé entonces a besarle entre los muslos, mientras ella acariciaba tiernamente mi cabeza. Tiré de sus piernas hacia arriba para que se tumbara sobre la cama, y deposité sus piernas sobre mis hombros. Comencé a bajarle las bragas. Las bragas se enrollaban sobre sí mismo al discurrir a lo largo de su muslo.
Se las terminé de bajar, pero se la dejé enganchadas en las pantorrillas. Paloma sólo conservaba en su sitio los zapatos de mamá, y yo tenía puestas mis bragas y los zapatones de papá. Me empeñé en meter la cabeza entre las piernas, que se me abrían sumisas. Allí estaba el tesoro con el que había estado soñando. Pude ver más abajo otro agujero con el que nunca había ni soñado en poseer y que ahora era mío.

Comencé de nuevo a besarle los muslos, mientras mi mano se le acercaba lentamente, hasta llegar a su tesorito. Por otras parte, yo mismo comencé a acariciar mi sexo, metiendo mi mano por debajo de mis bragas. Separé los labios que tapaban su clítoris, y acerqué ambos dedos por cada lado de su botoncito. Cuando estaba así, mi boca se abalanzó sobre él, lamiéndolo con la lengua violentamente.
Paloma se retorcía de placer y podía sentir en la palma de mi mano como su almejita soltaba el líquido viscoso con sabor a mar y a miel.
Me recordaba a un osito goloso que le roba la miel a las abejas. Las convulsiones de Paloma eran cada vez más violentas. Empezó a soltar unos alaridos casi exagerados. Tuve miedo de que nos escucharan en toda la casa, pero ya no me podía detener.
Para terminar de follarme a mi hermana, así, tal como estaba la mano, con la palma vuelta hacia su sexo, comencé a introducir lentamente el dedo pulgar. Mi hermana reventó de placer al sentir el dedo pulgar introducirse en su húmeda almejita. Yo seguí moviéndolo esperando prolongarle el orgasmo hasta el fin de sus días, o al menos hasta que me viniera a mí, como así sucedió al poco tiempo. Entonces perdí los papeles y me limité a restregar mi cara contra su sexo y su monte de venus mientras repetía el nombre de mi hermana.

Nos quedamos así un rato, hasta que decidimos ducharnos. Nos duchamos juntas, por supuesto. Le enjaboné de nuevo, mientras ella aguantaba la lluvia bajo su cabeza pacientemente. Había conquistado un agujero de mi hermana, pero aún me quedaba por conquistar el otro. Metí la esponja entre las nalgas de Paloma, mientras nos miramos con mirada cómplice. Le di fuerte entre las nalgas.
Mi hermana estaba prácticamente abrazada a mí, y nos besábamos de vez en cuando. Entonces la cogí de la cintura para obligarla a ponerse de espaldas a mí. La cogí de los senos mientras le mordía la oreja, y luego, la puse contra la pared. Yo me puse de rodillas, frente a sus nalgas y hundí mi cara entre ellas.

El agua bajaba por su espalda y lo inundaba todo. Entonces le separé las nalgas para acariciar con mi lengua su agujero. Mi sorpresa fue observar a la puta de mi hermana separarse ella misma las nalgas.

Entonces comencé yo misma a acariciarme de nuevo y a posar la otra mano sobre su coño. No duramos mucho tiempo así, porque ella se empeñó en acariciarse el clítoris, aunque yo le aparté varias veces la mano violentamente.
Así que tuve que quitarme la mano de mi coño y separarle la nalga que dejó libre. De nuevo le introduje el dedo, primero el corazón, pero luego también el índice. Ella los rozaba con los dedos con que se acariciaba el clítoris. No tardó en ponerse a chillar, esta vez bajo la lluvia. Dejé de lamerle el ano, para lamerle la parte trasera de su coño.
Créanme que a Paloma le fallaron las piernas y fue escurriéndose en mí hasta quedar en cuclillas entre mis piernas.

Nos secamos, comimos y dormimos en su cama. Bueno, dormimos a ratos. Nos tumbamos desnudas en la cama y nos clavamos las piernas en nuestros coños mientras nos acariciamos. Como yo no me había corrido, y estaba muy excitada, me tumbé encima de ella y comencé a moverme entre sus piernas, rozando mi clítoris contra el suyo, cada vez más rápido hasta que me corrí. Pero la cosa no acabó ahí, ya que volví a masturbarla con mis dedos, un rato más tarde.

El fin de semana pasó. El domingo las dos estábamos avergonzadas. Al pasar la borrachera nos entró la resaca. Pero la resaca no duró mucho. Un día me puse a estudiar de noche en la habitación de Paloma. Paloma se acostó con las bragas ortopédicas de siempre y un camisón de monjita. Mi papá me dijo que era mejor que fuera a estudiar a otro sitio donde no molestara a Paloma. Pero Paloma intervino…

— Déjalo, papá, si no me molesta.- No tardaron en dormirse mis papás cuando yo estaba de rodillas junto a la cama de Paloma, “ordeñándole la almejita”.

Desde aquella noche, mi hermana era mía, pero lo teníamos que hacer de espaldas a mis papás. Esperábamos a los fines de semana. Mi hermana se deshizo de los complejos estúpidos y pronto encontró a otro chico con el que se comportaba como una verdadera puta en la cama.
Yo, por mi parte, encontré pronto mi media naranja en mi mismo hemisferio.


Paloma se ha casado y tiene un hijo. Me parece que sus relaciones conyugales empiezan a ser aburridas en el plano sexual. De vez en cuando nos miramos como con cierta complicidad. Tal vez sea el momento de visitar a mi hermana un día que no haya nadie en su casa.

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Infringí las normas del Hotel

La pequeña recepción permanece con la puerta abierta y por ella se cuela una ligera brisa fresca en esta tarde de verano. Rubén intenta aprovecharla mientras revisa las cuentas del hostal.

¿Están todas las facturas pagadas? ¿Por qué el pedido de magdalenas solo tiene sabor a plátano? ¿A quién le gustan los muffins de plátano?

Está cansado, pero aún le quedan unas horas de trabajo. Mira el reloj. Los chicos de la habitación 9 se retrasan. Habían asegurado que iban a llegar antes de las siete de la tarde y ya son y cuarto. Rubén suspira y reza para que no aparezcan a las doce de la noche. No quiere quedarse hasta las tantas.
Sin embargo, como si alguien hubiera escuchado su deseo, una voz le saluda desde la puerta.

Allí están, al fin, y con una disculpa por llegar tarde. Eso no es habitual y lo agradece. Lo tendrá en cuenta, siempre tiene en cuenta cuando un cliente se porta bien. Luis y Xoán, apunta los nombres mentalmente. Lo bueno de un hostal de apenas diez habitaciones es que puede aprenderse los nombres y dar un trato más personalizado; los clientes alucinan cuando ven que los recuerdan.

Les informa de cómo llegar a la habitación (subiendo las escaleras o en la primera planta por ascensor, a mano derecha) y les da un mapa de la ciudad por si quieren a hacer turismo. Les avisa de que solo tienen una cama, como habían pedido, y ambos sonríen agradecidos. Rubén sonríe también, no por la inercia que le da su trabajo de recepcionista, sino porque realmente le inspiran cierta simpatía. Son guapos, tienen ese brillo en los ojos de la ilusión del primer viaje en pareja. No hace falta que se lo digan, ya lo ha visto muchas veces. Rondarán más o menos su edad, menos de treinta y cinco, seguro.

Cuando Luis y Xoán se suben en el ascensor, Rubén aún mantiene la sonrisa. Sin querer pero consciente de lo que se va a encontrar, dirige la mirada a las cámaras de seguridad. Allí están, comiéndose a besos en el ascensor. La mano de Luis baja por la espalda de Xoán y lo agarra del culo mientras este le muerde el cuello. Casi puede oír el gemido a través de la pantalla.

Pero el trayecto es corto y las puertas se abren. Luis y Xoán caminan por el pasillo y desaparecen en su habitación. Rubén tiene que volver a las cuentas del hostal. Observa los papeles ante él sin saber por dónde empezar. Ha perdido el hilo por completo, pero no es el único problema que tiene: una erección palpita en sus pantalones.

Puede tomarse un segundo de descanso. Así que saca el móvil y abre la aplicación de la careta amarilla, esa que casi nadie admite usar pero que casi cualquier tío gay suele tener instalada en su móvil. Mientras recarga la lista de usuarios cercanos, comprueba los mensajes sin leer:

el pesado de siempre al que no sabe por qué no ha bloqueado; el chico majo que siempre le da largas para quedar pero con el que sigue hablando; una polla sin nombre, sin saludo y sin cara…

Nada interesante. Aunque la polla está bastante bien.
Uno de los perfiles capta su atención. Por su cercanía y porque reconoce las caras del perfil. No le da tiempo a reaccionar cuando ve que tiene un mensaje:

«el servicio de habitaciones se pide por aquí ? Jajjaja».

Rubén se sonríe. Siente cómo el rubor se apodera de sus mejillas y no es precisamente por el calor de la tarde de verano.

«Depende del tipo de servicio que queráis», responde.

La foto que recibe a continuación, acompañada de la frase

«pues lo mismo podrías echarme 1 mano» despierta en él un interés aún mayor.

No debería, son clientes. Lo sabe. Pero no puede evitar imaginarse entre esos dos cuerpos desnudos, colgado de los labios de Luis, sujeto por los brazos de Xoán.

Reconoce en la foto las sábanas de la habitación del hotel, la mesilla de noche. Se la acaban de tomar y él no piensa perder la oportunidad.
Cierra la recepción con la esperanza de que nadie llame al timbre en la próxima hora. Y sube las escaleras con un par de toallas limpias… y una coartada por si alguno de sus compañeros revisa las grabaciones de seguridad. Cuando toca la puerta de la habitación, Xoán le abre casi en el acto.

—¿Quieres pasar? —pregunta con un gesto del brazo, mostrando la habitación y el cuerpo desnudo de Luis en la cama.

Y Rubén cede. Cede y se deja llevar por las caricias a cuatro brazos que le despojan de la camisa, de los pantalones, de los calzoncillos. Se deja llevar y besa y roza y muerde. Y agarra y aprieta esos cuerpos que parecen hechos para él, cincelados en un mármol de piel prohibida. Porque no debería estar allí, son clientes. Y eso solo hace que los desee más.

Xoán le agarra de las caderas y entra en él con suavidad, mientras Luis lo mira a los ojos y lo besa con fuerza. Y Rubén gime, gime dentro de la boca de Luis cuando la polla de Xoán está por completo dentro de él.

Aún le quedan dos horas de jornada laboral, alcanza a pensar en un instante de lucidez, pero la dureza de las horas de trabajo se ha trasladado a los cuerpos de sus huéspedes. Allí, entre los cuerpos de Luis y de Xoán, podría pasarse el resto de la tarde y de la noche. Adivinando, quizá, a quién le gustan los muffins de plátano.

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Amor, tortura, carácter débil

Toda mi vida he sido un ser débil. Mis abuelos eran los dueños de cerca de mil almas en nuestra inmensa finca de Sebastopol, a orillas del Mar Negro. Pertenecientes a la vieja aristocracia mayor rusa eran dueños de vidas y haciendas.

Junto a mi hermana Natasha disfrutábamos de los veranos e incluso de algunos inviernos, en la cálida península de Crimea. Aunque los inviernos eran rigurosos no lo eran tanto como en Petersburgo y por razón de nuestra infantil salud había años que los pasábamos con nuestros abuelos a cuyo cargo nos dejaban nuestros padres.

Esos fueron tiempos increíblemente felices. Natya y yo reinábamos sobre los hijos de nuestros mujiks que nos adoraban como si fuésemos dioses. Para ellos éramos el joven barín y la joven barinia, un título que nos llenaba de placer.
Cuando cumplí doce años mi abuela me regaló un machito, Oleg, un niño mujik muy dócil y servicial y a mi hermanita, que acababa de cumplir los diez, le fue regalada la hermana de aquél, Irina, aún más dócil y sumisa que mi siervo.

A pesar de ser dos años mayor que mi hermana era ésta quien dominaba en nuestra relación. Natasha era una niña hermosa e impulsiva. Había heredado el don de la aristocracia rusa de saber imponerse con naturalidad sobre todos aquellos a los que consideraban inferiores. Y los mujiks lo eran, desde luego.
Natasha despertaba entre los muchachos siervos de todas las edades una fascinación sin igual. La adoraban y hacían todo lo que ella les ordenaba. Y cuanto más veía ella que cumplían con sus fantasiosas órdenes más deseaba llegar a cotas delirantes y surrealistas.

En su afán de sentirse como una ama cruel llegó a ordenar a uno de nuestros siervos, un joven de dieciocho años que era un poco retrasado mental, que se comiera sus deposiciones. Natasha se bajó las braguitas, se acuclilló en el suelo y defecó. Luego se levantó y señalando con la punta de su bota el humeante montón de heces le ordenó que se las comiera, cosa que el mujik hizo casi con devoto placer.

A mí me molestaba la altanería y el desprecio que mi hermanita mostraba sobre nuestros siervos, campesinos ignorantes y temerosos del látigo, que adoraban a mis abuelos de manera casi ridícula. No obstante verla en acción no dejaba de fascinarme. Supongo que se trataba de un lento proceso de maduración que me llevó a ser como finalmente devine una vez adulto: un pelele que disfrutaba presenciando las iniquidades que las elegantes damas de la aristocracia y sus petulantes esposos e hijos cometían contra los desgraciados siervos mujiks.

El día de la patria rusa era una festividad que en las haciendas se celebraba con todos los honores. La aristocracia rural hacía una gran celebración en honor a nuestros Zares. La recuerdo con emoción.
Mi abuela, vestida para la ocasión con un uniforme de los úsares, guardia pretoriana de los Zares, con sus condecoraciones, su sable brillante, sus galones de coronel y sus altas y relucientes botas desfilaba montada a caballo por las largas hileras de sus siervos que se encontraban postrados de rodillas en el gran patio central frente a la gran casa señorial.

Mi hermana y yo la seguíamos cabalgando nuestros pequeños ponis y vestidos con la misma clase de uniforme. A mí me gustaban las botas de oficial de la Zarina que era al que correspondía mi regimiento, y me embobaba contemplando las botas de mi hermana, ya que ella, además, se hacía calzar unas tremebundas, por afiladas, espuelas que relucían casi tanto como sus botas, a las que Irina se había pasado toda la noche sacando brillo.
Cuando terminaba el desfile y revista de nuestros esclavos, estos lanzaban vivas a los Zares y vivas a los Ijmeniev, sus amos.

Regresábamos a caballo y la abuela tomaba asiento en un trono que le había regalado para este tipo de eventos la propia Zarina, de quien gozaba de su amistad, y entonces, con absoluta devoción, desfilaba el millar de almas sumisas para besar las elegantes botas de la abuela.

Para la nobleza rusa era de vital importancia mantener las formas serviles en los siervos. Mis abuelos seguían a rajatabla la tradición boyarda de obligar a sus mujiks a besarles los pies antes de poder dirigirse a ellos. La ceremonia del besapiés de la abuela, matriarca de los Ijmeniev y máxima autoridad en el señorío, el día de la patria rusa, era una ocasión que a mi me maravillaba contemplar.
Todos, hasta los niños de pecho, tenían que arrodillarse, uno a uno, delante del trono donde estaba sentada la abuela y con ceremonial devoción tenían que besarle ambas botas.

Mi madre, que un día sustituiría a la abuela como matriarca, como madre de todos nuestros siervos permanecía con expresión adusta a su lado y al lado de ésta se encontraba el futuro del matriarcado Ijmeniev, mi hermana Natasha, que no podía evitar que en su bello rostro arrebolado se delatara la emoción que le causaba la ceremonia de besapiés con que nuestros siervos agasajaban a la abuela Vera.

Nosotros los rusos, teníamos en gran estima el mantenimiento de nuestras tradicionales relaciones de dominación y sometimiento entre amos y esclavos y por tanto gustábamos de observar aquella simbología que lo hacía patente, más aún, evidente.
Cuando regresábamos a nuestro palacio de Petersburgo yo solía caer en una fase depresiva. Mi hermana seguía igual de contenta y feliz porque sustituiría los juegos de dominación que tanto la excitaban por la vida palaciega en la que ella se sentía como una auténtica princesa.

Natasha recibiría su título de princesa al cumplir los dieciséis años y parecía que toda su vida en la ciudad la encaminaba para cuando llegara ese momento. Ejercía su dospotismo infantil entre las sirvientas que no eran más que hijas de nuestras familias de mujiks a las que madre seleccionaba de entre las menos brutas para que nos sirvieran en nuestro palacio.
Natasha también disfrutaba pasándose el día embelleciéndose. En eso semejaba a cualquier adolescente de la aristocracia que encaminaba su existencia a su embellecimiento permanente. Madre gastaba miles de rublos en vestidos, joyas y zapatos para Natasha.


A mí se me pasaba el estado depresivo cuando veía a mi hermana comportarse con cruel despotismo con sus doncellas. Lógicamente se había llevado a Irina, la niña mujik que le regaló la abuela, para que siguiera sirviéndola en Petersburgo.
Por mi parte yo me traje a Oleg. Pasaba muchas horas encerrado en mis aposentos con la única compañía de mi siervo. Oleg era tremendamente servicial y cuando me veía triste reptaba a mis pies para besármelos. Sabía que me gustaba y él lo hacía con amor.

A medida que mi hermana y yo crecimos empezamos a frecuentar las innumerables fiestas que nuestros amigos de la vieja aristocracia daban en sus palacios. Yo iba a regañadientes porque no me gustaba la compañía de esos jóvenes vacíos y huecos.
Sólo disfrutaba cuando el alcohol, básicamente el vodka, empezaba a hacer estragos entre las jovencitas y se mostraban deshinibidas, lo que hacían mostrándose desagradables y crueles con las doncellas que tenían que atenderlas.

A los catorce años experimenté una erección de caballo un día que en una fiesta vi a una amiga de Natasha pegarle un bofetón a su criada y mandarla que le lamiera los pies para pedirle perdón. Aquél fue un punto de inflexión en la configuración de mi personalidad. Creo que me marcó definitivamente.

Siempre me había fascinado ver a Natasha imponerse sobre nuestros mujiks, siempre había babeado viendo a nuestros siervos arrastrarse a los pies de la abuela para suplicarle que perdonara tal o cual castigo a alguno de sus familiares, siempre había disfrutado viendo a mamá, con su habitual languidez y molicie, reñir a las criadas, pero hasta el momento no había despertado este tipo de acciones de dominación de nuestra clase social sobre los siervos aquel desespero sexual que me invadió viendo a la amiga de Natasha pegar a aquella pobre muchacha y después obligarla a lamerle los preciosos zapatos para suplicarle que la perdonara.
Cuando Natasha, inocentemente, le preguntó a su amiga el motivo de aquel repentino castigo y su amiga le contestó que no había motivo alguno, que simplemente le había apetecido golpear y humillar a su sierva tuve una eyaculación brutal en mis calzones. Avergonzado me retiré con Oleg al lavabo, me encerré, me saqué el pene manchado con mi semen y obligué a mi criado a que me lo chupara. Rememorando la reciente escena de despotismo de la amiga de mi hermana logré volver a correrme en la boca de Oleg.

Pasé varias semanas taciturno, pensando que era un enfermo, que no estaba bien lo que había hecho, no por obligar a Oleg a que me chupara el miembro sino por haber eyaculado, y sin necesidad de tocarme, presenciando aquella escena cruel por parte de la hermosa y despótica amiga de Natasha.

Durante mi adolescencia viví angustiado pensando que era un ser ruin, que disfrutaba con el sufrimiento de los pobres siervos bajo nuestro tiránico poder. Apenas tenía relación con chicas, y eso que no faltaban nunca en palacio las visitas constantes de la innumerable cantidad de amigas de Natasha que siempre andaban invitadas por varios días. A lo sumo me dedicaba a espiar a mi hermana y a su amiguita de turno, por que me mosqueaba que siempre que viniera alguna amiguita se encerraran en los aposentos privados de Natasha y apenas salieran de ellos, llegando incluso mi hermana a ordenar a su sierva que les sirviera la comida en su habitación.

Como mis aposentos lindaban con los de mi hermana busqué en la habitación algún medio para poder espiar en la de al lado. Había leído muchas novelitas románticas y en ellas siempre había un sitio donde se había practicado un agujerito por el que espiar a las damiselas de los cuartos contiguos. Lo encontré. Estaba debajo de un cuadro de mi madre al que pasaba horas admirando. Se veía a mamá vestida de amazona, calzando sus altas botas negras muy relucientes y a sus pies un zorro muerto y su doncella que le quitaba una inexistente mota de polvo de sus impresionantes botas.

—Oleg, a cuatro patas — le ordené a mi siervo.

Me subí sobre sus espaldas fuertes de campesino para poder llegar a la altura del agujero practicado en la pared y desde aquella cómoda posición pude espiar a mis anchas lo que hacía mi hermana con sus amiguitas. Me llevé una sorpresa brutal cuando descubrí que mi hermana era una lesbiana en potencia.

El motivo de sus largos encierros no era otro que darse placer una a la otra e incluso haciendo colaborar a Irina y la criada de su amiga en sus juegos eróticos. Recuerdo que disfruté mucho observando aquellas escenas cargadas de una erótica lubricidad.
Cuando cumplí los dieciocho decidí abandonar Petersburgo y marchar a la finca de nuestros abuelos en Crimea. Me gustaba la vida en el campo. Mi abuelo había muerto y pensé que podía serle de utilidad a mi abuela. Nada más lejos de la realidad. Mi abuela, la princesa Vera Ijneieva, cerca de cumplir los sesenta años, presentaba una vitalidad y un vigor propio de una mujer de treinta.

Salía a diario a montar a caballo para vigilar a los vigilantes que tenían que hacer trabajar a los campesinos. Y yo la acompañaba a su lado montando mi caballo negro, orgulloso y contento de poder ser testigo de la vida que la abuela hacía llevar a sus mil almas esclavas.
Entonces sucedió lo inevitable. Yo necesitaba de hembra y la abuela me trajo a una muchacha joven, de unos dieciséis años, hija de una de sus familias de campesinos siervos.

—Toma, para que te caliente la cama… espero que no solo seas capaz de disfrutar con tu Oleg, nieto mío.

Enrojecí hasta la raíz. Era cierto. Ya hacía unos años que para aliviar las tensiones sexuales propias de la adolescencia me dedicaba a sodomizar a mi esclavo. Oleg me era fiel, leal y sumiso y no se oponía a que le mancillara la hombría de aquella manera. Es más, creo que le gustaba, que me adoraba y estaba enamorado de mí porque cuando terminaba de violarlo lo mandaba a dormir al suelo y él, siempre, acababa buscando mis pies para besármelos.

Reconozco que me gustaba mucho que Oleg se me mostrara tan dócil y sumiso. Pero ciertamente necesitaba de una hembra, y mi abuela, previsora en todo, me facilitó a Ivana.
Me la follaba a diario. Ivana era muy fogosa y dócil. Creo que me enamoré de la muchacha. Nunca la pegaba ni la castigaba. Al contrario, muchas veces, si estaba molesto por algo, azotaba a Oleg y lo hacía en presencia de Ivana.

—¿Te molesta que azote a mi perro? — le pregunté la primera vez que castigué a Oleg en su presencia.
—Al contrario, me gusta verte castigándolo. Tú eres el amo y nosotros somos los siervos. Es ley Divina que las cosas sean de esta manera.

Yo azotaba a Oleg e Ivana me contemplaba mientras se masturbaba. Resultó ser una muchacha viciosa y guarrilla. Un día incluso llegó a pedirme que ordenara a Oleg que la lamiera entre las piernas y quiso que mientras el siervo le daba placer yo le azotara la espalda. Ivana tuvo el orgasmo más bestial de cuantos había experimentado conmigo.
A pesar de que yo era incapaz de mandar azotamientos a nuestros criados —la abuela ya lo hacía por mí, del mismo modo que lo hacían mi madre y mi hermana— reconozco que aquella vez me excité pegando a Oleg mientras veía el placer brutal en el rostro contorsionado de Ivana. Cuando ella tuvo sus dos o tres orgasmos seguidos yo no pude evitar sodomizar al ensangrentado Oleg.
Al final sucedió lo que era inevitable. Yo tenía ya veinticinco años y dejé preñada a Ivana. Cuando se lo dije a la abuela ni se inmutó.

—Es lo lógico, querido.
—¿Y qué vamos a hacer, abuela?
—No te preocupes. Le daré cabaña a Ivana y la pondré a hacer de costurera. Ella tendrá a su hijo y diremos que es de padre desconocido. Cualquier mujik borracho podría ser el padre.
—¡Pero… pero es mi hijo, abuela! — le respondí horrorizado por el cinismo que mostraba mi abuela.
—Claro hijo, claro. Pero no pretenderás que lo tengamos en casa. Es un bastardo. Yo procuraré que él y su madre tengan una vida menos dura que la del resto de los siervos, pero ambos seguirán siendo dos almas más de nuestras propiedades humanas. Tú también podrás hacerles a ambos la vida más llevadera, pero nunca podrás reconocerlos a ambos, ni a Ivana como tu esposa ni al niño o niña como tu hijo legal. En todo caso será tu bastardo y él o ella, se enorgullecerá de serlo. Ya lo verás hijo, ya lo verás, no te preocupes. Llevamos más de cuatrocientos años haciendo las cosas así entre la aristocracia, y no nos ha ido tan mal… ¿no crees?

No tuve más remedio que asentir y aceptar lo que la abuela disponía. Ella era la matriarca, ella sabía cómo debían hacerse las cosas. Yo no era más que un joven inseguro, lleno de contradicciones. En el fondo un niño mimado al que daba miedo enfrentarse con la vida real.
Yo quería a Ivana, a mi modo, claro, pero la quería. Traté de explicarle lo que la abuela había decidido. Pensé que me lo echaría en cara pero no. Ivana era más práctica que yo. Para ella, el mero hecho de que el barón la hubiese preñado ya era motivo de orgullo. Si además añadía que dispondría de cabaña propia y que su hijo probablemente se libraría de la dura vida de la mayoría de hijos de campesinos, para Ivana era todo un triunfo en su miserable vida.

Mi hermana Natasha me felicitó por haber demostrado mi hombría. Ella era una mujer hecha y derecha de veintitrés años a la que la vida social sonreía. Estaba pretendida por los príncipes más importantes de la rancia aristocracia rusa.
Nuestra familia pertenecía a la llamaba gran aristocracia, es decir, aquellos nobles que durante el longevo reinado de la dinastía Romanov habían acreditado su fidelidad en las muchas y distintas guerras habidas luchando a favor del zar del momento.
Un antepasado nuestro esclavizó para el zar Pedro el Cruel a toda una peligrosa tribu tártara y eso le valió los privilegios que disfrutamos aún sus sucesores. Pero había espacio para medrar, para escalar posiciones y Natasha era en aquellos momentos nuestra punta de lanza.

Mis padres habían puesto sus esperanzas de mejorar nuestra pátina aristocrática familiar mediante una boda de Natasha con alguna de las casas más importantes de la nobleza. A mí me consideraban un caso perdido y me dejaron que hiciera mi vida con mis abuelos.
Ivana dio a luz una hermosa niña a la que llamé Dotia. La pequeña Dotia era mi mayor felicidad. La pequeña era hermosa, supongo que heredó mis aristocráticos genes de manera que en absoluto parecía una niña mujik.
Por mi parte puse todo cuanto podía hacer para que mi pequeña tuviera una vida placentera. Incluso le puse una esclava. El mismo día que nació le pedí a la abuela una recién nacida de alguna familia de nuestros campesinos para que hiciera de por vida la función de criada de mi hija.

A la abuela no le entusiasmó mi idea pero como me quería mucho accedió en contra de sus principios. Un mujik es un mujik y será siempre un mujik, hijo, por muchas criadas que le pongas, fue su frase lapidaria antes de consentir a mi capricho.

Yo era feliz viendo crecer a mi hijita que iba seguida a todas partes por su criada, una niña tosca a la que llamaba Potranka. Para hacer honor a su nombre Dotia usaba la espalda de su fiel doncella como si fuera su caballito y yo me reía mucho viéndola pasearse por el jardín a lomos de su feucha sierva a la que iba dando golpecitos con mi látigo de montar que le prestaba en estas ocasiones.

Mi hija podía llevar la vida de una princesa porque la mayor parte del año no teníamos visitas. Mis padres venían cada vez menos a Crimea y Natasha sólo en verano. Entonces no permitía a Dotia que se mostrara cerca de la casa señorial no fuese a molestar a mi hermana ver a una mujik castigando a otra de la misma especie. Lo que hacía Dotia era aceptar mis disposiciones con humilde resignación.

Yo pensaba que le estaba haciendo un flaco favor a mi hija permitiendo que se sintiera como si lo fuera cuando en realidad aprovechaba que estaba yo solo en la finca —la abuela me consentía lo que me diera la gana— para darle una vida falsa.
En las ocasiones que Natasha o mi madre me pedían que le mostrara a la bastardita la niña venía obligada a humillarse a sus pies como cualquier otro mujik de nuestra dotación de siervos. Yo sufría viéndola postrada a los pies de mamá pero no me parecía que a Dotia le importara. Eso me aliviaba y mucho.

Cuando cumplió los quince años yo me sentí muy orgulloso porque mi niña era tan bella como la más hermosa de las princesas. Pasaba yo mucho tiempo con ella y con su madre. La niña me quería con locura. Cuando llegaba a su cabaña me hacía tomar asiento en mi balancín —nadie más que yo podía sentarse en él— y mis mujeres, Ivana y Dotia, me atendían como el amo de ellas que era.
Dotia me descalzaba las botas y me masajeaba los pies. Yo le decía que eso no tenía que hacerlo ella, que no era como el resto de campesinos, pero mi Dotia me decía que quería hacerlo, que necesitaba hacerlo, y a mí —me había viciado desde niño a que Oleg me besara los pies— me encantaba que la chica quisiera hacerme aquellas reverencias.

Hasta aquí mi vida había sido bucólica y placentera. Pero llegó un día en que Natasha me dijo que tenía que hacerle un favor. ¿Cómo iba yo a negarle nada a mi pequeña Diosa? Lógicamente le dije que contara con él.

—Tienes que casarte con la hermana del príncipe Vania Ostrakov.
—¿Perdón?
—Sí Aliosha, es sencillo. Mi futuro esposo tiene una hermana, la princesa Elena Ostrakova, Nelly. No hay forma de casarla. Es una muchacha caprichosa, voluble, cruel y estúpida… además de gorda y fea.
—Bueno, me estás describiendo a la mitad de las adolescentes de la aristocracia, cariño.
—Lo sé, pero esta joven es mi futura cuñada y si logro casarla tendré asegurado el agradecimiento de los Ostrakov. Y eso nos conviene a todos.
—Y tú quieres que yo le busque un marido… ¿es eso? — intenté una evasiva pero había entendido perfectamente desde el principio que debía ser yo quien se casara con aquella perla.
—En absoluto. Lo que quiero es que te cases con ella.
—¿Perdón?
—Ya me has oído Aliosha. Cásate con ella. Cortéjala. No te será difícil, tú eres encantador y por lo que sé le gustan los hombres maduros.
Me quedé mudo. No podía ser lo que me pedía mi hermana.
—Sabes que estoy casado, Natya.
—Te equivocas. Tú quieres vivir como casado con esa mujik pero no estás casado.
Tenía razón Natasha. Por mucho que yo quisiera a Ivana ella nunca podría ser oficialmente mi esposa. Yo era el amo y ella era una sierva.
—Además, seguro que podrás seguir manteniéndola como tu concubina. No creo que a ella le importe: es lesbiana.
—¡Joder Natya…! ¿Y qué hago yo casándome con una lesbiana?
—Un gran favor a tu familia. Vamos hombre. Tú no tienes el menor interés en medrar socialmente, no quieres casarte porque ya estás bien con tu encoñamiento por la campesina. Sólo será un trámite. Seguro que te las podrás arreglar para proporcionarle a tu joven esposa campesinas para que le den placer y tú podrás seguir haciendo que Dotia y Ivana te besen los pies en la intimidad de su triste cabaña.
—¿Joven esposa? ¿Pero cuántos años tiene esa florecilla con la que pretendes que arruine mi vida…?
—Quince.
—¡¡¡¡¡QUINCE…!!!!!
—Es joven, mejor para ti, al menos podrás saciar tu apetito pederasta.
—Yo no soy ningún pederasta…
—Todos los hombres lo sois… y los aristócratas aún más.

Me calle. Estuve meditando seriamente. Durante una semana no hice otra cosa. Al final claudiqué. Se lo debía a mi hermana y a mi familia. Mi abuela me lo agradeció tanto que me regaló dos niños mujiks para que me desfogara la libido. Ella también era de la misma opinión que mi hermana sobre la pederastia de los varones de la aristocracia.

—Está bien, Natasha. Tú ganas. Cortejaré a esa arpía y me casaré con ella.

No necesité más de seis meses para lograrlo. Natasha la invitó a pasar una larga temporada en la finca de Crimea de los abuelos y yo fui su anfitrión y su cicerone.
La primera impresión que tuve sólo puedo calificarla de desagradable. Efectivamente era joven. Quince años. Casi una niña. Cuerpo grande y muy voluptuoso con abundantes carnes aunque yo no diría que era gorda, en todo caso estaba rellenita. No era guapa, tenía cara caballar. De yegua. No sé si sería por eso pero Nelly adoraba la equitación. He de reconocer que cuando la vi montada en su caballo vestida de amazona tuve un principio de erección. Por lo demás era la típica niña mimada y consentida.

Antes de pedirla en matrimonio quise ser absolutamente sincero con ella y le conté que tenía a una mujik amancebada con la que tenía una hija, precisamente de su misma edad, a la que adoraba y que mucho le agradecería que quisiera ser bondadosa con ella.
Al efecto, en lugar de llevarla a la cabaña donde vivían Ivana y Dotia les ordené a éstas que se presentaran en la casa señorial donde conocerían a su nueva dueña y señora.

Ahí empezó mi desesperación. Resultó que Nelly se prendó de mi Dotia. Pero eso no fue lo peor. Dotia también se enamoró de mi futura esposa y su futura dueña, aunque de todo ello no me enteré hasta que estuvimos casados. A raíz de que se las presenté todo fue más fácil para declararle mi supuesto amor y pedirla en matrimonio.

—Pensé que no lo ibas a hacer nunca, pajarito mío — me respondió Nelly a quien sus ojillos brillaban de una manera especial.

En ese momento yo no lo sabía pero ella ya se estaba montando su vida futura como señora de la hacienda Ijmenieva.
Curiosamente Nelly le cayó de maravilla a mi abuela. Es más, nada más conocerla me empujó a casarme con ella. Es una noble auténtica, hijo. Pídele en matrimonio. Seguro que aceptará. Además de pertenecer a una de las familias más nobles veo en esa chiquilla un carácter similar al mío y podré dejar tranquilamente en sus manos el futuro de nuestra hacienda.

—Pero es madre, y luego Natya quien deben sucederte, abuela — repuse.
—Yo decidiré quien será la nueva señora de Ijmeniev cuando falte, cariño. Tú no debes preocuparte por eso. A tu madre nunca le ha gustado el campo y tu hermana tiene las miras mucho más altas. Su nueva familia tiene inmensas propiedades con más de cinco mil almas y la pequeña Nelly deseará tener su cuota de poder… tranquilo, tú déjame a mí llevar el asunto de mi sucesión. Sé lo que me hago.

Madre también cayó en las redes de la que iba a ser mi esposa. Después del casamiento mis padres pasaron una temporada con nosotros en Crimea. Cada día mi madre y Nelly salían a cabalgar. Luego supe que iban a las aldeas de nuestros campesinos y se montaban unas orgías espectaculares.
Madre pedía jóvenes bien dotados y Nelly campesinitas con buenos pechos. Se metían en la mejor casa de la aldea, hacían salir a sus ocupantes y ellas dos se encerraban con el rebaño de adolescentes de ambos sexos que habían elegido para que las dieran placer.
Nelly tenía un vicio desde pequeña. Para excitarse adecuadamente tenía que hacer gritar a una campesina. Mi madre se ofreció voluntaria para castigar a una de las chicas mientras mi Nelly era lamida por otras dos o tres por todos los agujeros de su cuerpo.

Llevábamos un mes de casados cuando un día Nelly dio órdenes de que Dotia se presentara ante ella.

—Quiero a tu hija de doncella mía, querido — me comunicó gravemente.

Tragué saliva. No podía ser. Todo cuanto yo había hecho para que mi Dotia tuviera una vida tranquila y mejor que el resto de sus compañeros de servidumbre, y mi propia esposa iba a destruir mi sueño, porque tenía claro que Nelly era un ama cruel y caprichosa, por tanto mi Dotia iba a sufrir mucho.
Dotia y Nelly tenían la misma edad. Entonces acababan de cumplir dieciséis años. Nelly era gordita y Dotia estilizada. Mandé llamar a mi hija y ésta se presentó en la casa señorial. La abuela, Nelly y yo tomábamos el té en el salón. Dotia entró y se quedó de pie delante de la abuela con la cabeza gacha. La abuela Vero era la máxima autoridad de la hacienda y mi hija lo sabía.

—Dotia, tienes que arrodillarte ante la princesa Vera y besarle los pies, hija mía.

La abuela se sonrió con malicia y estiró las piernas que mantenía descansando sobre el cuerpo de un bebé mujik. Dotia se arrodilló y le besó las plantas. La abuela hizo que mi Dotia estuviera mucho más tiempo del que era necesario humillada a sus pies mientras nos miraba a Nelly y a mí.
Finalmente la abuela empujó con sus pies el rostro de Dotia liberándola de la obligación que tenían todos los siervos de besarle los pies.

—Acércate Dotia — era la voz de mi joven esposa — a mí también tienes que besarme los pies.
Dotia se volvió y gateó de rodillas hasta los pies de mi esposa. Se inclinó y le besó las botas con devoción.
—Vas a ser mi esclava personal, Dotia — le comunicó Nelly sin permitirle que dejara de besar sus relucientes botas.
Yo no pude más y estallé.
—¡No! ¡Me niego! ¿Me oís las dos? No quiero que mi hija sea esclava de nadie.

Nelly y la abuela me miraron como si estuviera loco. Nelly entonces hizo algo que me rompió el corazón. Levantó una pierna y descargó un taconazo sobre una de las manos de mi Dotia que tenía apoyada en el suelo. Dotia gritó y lloró. Yo estaba fuera de mí. No veía cómo iba a evitarle sufrimientos a mi palomita. Nelly me sonrió y en su sonrisa vi un destello de crueldad.

—Tu hija pertenece a tu abuela, Aliosha y ella me la ha regalado.
—¡Abuela! — me giré hacia ella con los ojos inyectados en sangre. Me sentía traicionado.
—Así es palomito mío — me respondió la abuela — desde hoy Dotia e Ivana pasan a ser propiedad de mi nuera… tu esposa. Deberías estar contento que sangre de tu sangre sirvan a tu buena esposa. Creo que te irá bien. De este modo seguro que eres más complaciente con Nelly. Sabiendo que la felicidad o la desdicha dependen del humor de tu esposa seguro que lucharás para que siempre esté del mejor de los talantes y humores.

Estaba dispuesto a cometer una locura cuando la voz de mi Dotia me detuvo.

—No padre, no debe preocuparse por mí. Yo deseo ser la sierva del ama Nelly. Es lo que más quiero desde el día que la conocí. Ahora la pertenezco y por ellos soy muy feliz, extremadamente feliz — dijo Dotia que aún se frotaba la mano que mi esposa acababa de pisotearle y volviendo a inclinarse sobre sus grandes pies se puso a lamerle las botas.

La relación de mi esposa con mi hija fue de lo más desequilibrada a mi entender. Nelly estaba enamorada de Dotia pero no le evitaba sufrimientos de ningún tipo. Y mi hija más la adoraba cuanto más la hacía sufrir.

—Tiene alma de mujik — me dijo la abuela en cierta ocasión tratando de consolarme. Seguramente la sangre que tú aportase no tuvo la suficiente fuerza para doblegar el alma del siervo ruso que siempre ha sido un perro a los pies de sus amos. O quizá el motivo sea otro…
—¿Cuál? — pregunté yo anonadado.
—Tal vez tú tengas también alma sumisa y se la hayas traspasado a tu hija. De nada sirvieron tus intentos de convertirla en princesa. Ni siquiera regalándole a Potranka has aniquilado de sus entrañas el deber de docilidad y sometimiento que anida en el alma de nuestros mujiks.

Me quedé pensativo. ¿Qué quería decir la abuela con aquellas palabras? ¿Que yo era un ser sumiso? No podía ser… si me excitaba viendo a las damas aristocráticas mostrándose crueles con sus siervos.

Poco tiempo después me descubrí teniendo unas potentes erecciones al contemplar la vida que mi esposa le daba a mi hija. A veces la llevaba encadenada de una de sus botas y la hacía ir detrás de ella, o a su lado, gateando como un perro. De repente se detenía y le pisaba una mano. Se la pisaba con saña mientras la miraba a los ojos. Y en los ojos de mi hija no veía otra cosa que perruna devoción por su dueña.
Después, sin dejar de pisarle la mano le hacía un leve gesto con los párpados y mi niña se arrojaba a lamer la bota que tanto dolor le causaba, y todo sin perder en ningún momento esa mirada de adoración hacia su dueña.

Si siempre me había sentido acomplejado por mi carácter débil, a partir de ese momento de mi vida, inicié un verdadero descenso a los infiernos. Yo, un noble de cuarenta y cinco años, era dominado como un pelele por una chiquilla de quince. Nelly se volcó en amar y torturar a mi Dotia y lo hacía siempre en mi presencia. Cuando iba a hacerla llorar exigía que colaborase con ella.

—Aliosha, palomito mío, ven a sujetar los brazos de tu hija para que no se mueva cuando le pegue con el tacón de mi zapato en plena cara.

Y yo, como un borrego, me arrodillaba detrás de mi querida Dotia para agarrarla con firmeza. Nelly le masacraba la cara a taconazos y mi Dotia se aguantaba el dolor y las ganas de gritar por no molestar a su endiosada ama. A mí se me revolvían las tripas pero cuando veía con qué devoción, una vez terminado el castigo, mi hijita del alma se humillaba ante Nelly lamiéndole los pies, experimentaba una contradictoria erección de la que me avergonzaba.
Después de la masacre que Nelly cometía sobre mi hija, se iban ambas a la cama y se procuraban placer oral una a la otra, como si nunca la hubiese castigado con la saña que yo había visto hacerlo.

Hoy en día soy un viejo carcamal. Nelly es la matriarca de la finca Ijmenieva. La gobierna con absoluta crueldad, con un indolente desprecio por la vida de sus siervos. Dotia sigue siendo su esclava personal. Con ella sigue manteniendo la misma relación que al principio. Es decir, la tortura por placer para después amarla.

Varios años después me obligó a penetrar a Dotia. Nelly quería que la preñara y lógicamente lo conseguí. Lo he tenido que hacer diez veces a lo largo de mi larga vida. Ahora mis nietos son mis esclavos y ellos me procuran la felicidad del placer en la vejez.

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Quise ser actriz


Estaba dando mis primeros pasos para ser actriz, estudiaba y me iba presentando a casting que veía anunciados.

Me ofrecieron una entrevista con un productor para hacer una prueba, y no lo pensé dos veces y acepté…

El día señalado para la entrevista fui con un vestido blanco dos cuartas por encima de la rodilla, sandalias blancas y poco pintada. Espere en el hall mas de treinta minutos hasta que me hicieron pasar, cuándo entre había un hombre de cincuenta y tantos años, gordo, con una camisa azul y corbata desabrochado el primer botón marino, al otro lado otro hombre mas joven pero con marcas en la cara de haber pasado la viruela de niño.

Me estuvieron haciendo muchas preguntas sobre mi durante mucho tiempo, y después de casi una hora, dijeron que tenían que entrevistar a mas chicas y que ya me dirían algo.

Sali contenta, había causado una buena impresión y tenía esperanzas de que me llamaran. A los nueve días llamo el propio director de la empresa para una segunda prueba, pero esta vez como tenía reuniones y trabajo tenía un hueco a la hora de la comida y así hablamos sobre pruebas que hacen antes de dar el papel.

Y a los dos días volvió a llamar y me cito en su oficina a las 7pm, algo tarde pero acepte ir. Era en su oficina y

Al llegar solo estaba la secretaria, que me hizo pasar inmediatamente al despacho, una vez estaba dentro ella dijo que se iba porque era tarde, el director se despidió con un hasta mañana, y se puso a hablarme sobre la prueba para un papel en una película importante, de un director muy conocido y era un comienzo, así que se levanto y enchufo una cámara con trípode grande para grabar mi prueba, y me dio un papel donde yo hacía de co-protagonista y leía el texto del guion.


Me pareció algo raro alguna parte de el guion, pero era un papel enorme y acepté porque no veía nada malo, me puse a practicar y dar todo de mi, y según leía veía al director con una mirada sonriente y me relajo más el ver que lo estaba haciendo todo bien, y al pasar otra hoja del guion, ponía que yo me sentaba en una silla y descuidadamente cruzaba las piernas tan abiertas que se podía ver mi tanga y así hice.

No me di cuenta de la cara que ponía este hombre, me había entregado al papel, y había un texto que decía que me tocaba el coño por encima del tanga, y que era con tal intensidad que terminaba masturbándome… no entraba en mi asombro el texto y le dije al director que no podía hacerlo, que no entendía que tenía que ver hacer eso para la prueba, y el contesto que era una prueba del papel, y por eso estaba grabando, pero que no pasaba nada, que quizás otra vez me llamaría…

Se levanto y trato de acompañarme a la puerta, y mientras me levantaba, pensaba… si me contrataban tendría que terminar en alguna escena por estar desnuda, tendría que hacer cosas que no podía estar de acuerdo, pero era un papel en una película…, cuantas actrices habían que hacían esas cosas…

Así que me di la vuelta y le dije que por favor, me diera otra oportunidad, que iba a hacerlo mejor todo.
El me miró a los ojos y dijo como con pesar…

— que? bueno vale.

Volvió a su escritorio y la cámara empezó a grabar, y empecé con mi guion, y cuando llego la parte que me tocaba, empecé a hacerlo con intensidad, con rabia y llego un momento que hasta notaba como mi tanga se humedecía, pero para concentrarme no miraba al director, y fingí tener un orgasmo pero creo que logre tener un orgasmo verdadero…

El director se levanto y aplaudió mi actuación.

Me sentí alegre y motivada, valía para ser actriz…

Empezó a hablar de lo que podía hacer, me entrego un contrato de trabajo donde el sería mi manager y las condiciones, y en ese momento perdí la realidad, todo era entusiasmo, alegría contenida y fuerza para sentirme importante.

Al llenarme la cabeza y después de casi dos horas diciéndome lo buena que era, como quedaba en la cámara, y muchas cosas mas, y también un whisky que me invito en su despacho, me volví irreal.

Al terminar de hablar y ya para marcharme, me levanté y dijo que porque me iba a ir, que aun no había acabado él, al ver que me marchaba, me recordó que todo se hace por algo, que él se merecía un regalo, porque si quería hacer ese papel debía dar algo a cambio, que no hacía nada gratis.

Me dejo petrificada y no reaccionaba… se levanto y se desabrocho los pantalones, saco una polla ridícula, que iba creciendo a medida que se tocaba y yo sin saber que hacer… sin salir de mi asombro… de sus palabras … y de empezar a entrar terror a perder la prueba y ese contrato y mi lanzamiento para ser actriz… estaba confusa y no podía irme, dentro de mí había algo que me decía… vete, y otra parte me decía… no pierdas esta oportunidad.

Así que me sentó en el sofá, y acercándose a mi me acerco su polla a mi boca, que sin saber porque la abrí y chupe, empecé a tratar de engañarme, con que era una escena de la película que estaba protagonizando… solo era dinero…, solo era un contrato, y así me mentalice, y al rato de estar chupando la polla, la saco de mi boca y me puso encima de su escritorio, me tumbó y movió mi tanga a un lado y metió su polla en mi vagina, moviéndose como un loco.

Yo solo deseaba que terminara pronto, pensaba que si me movía, él pensaría que me gustaba y me ataría para otras veces, así que me quedé quieta, esperando que terminara, y termino con una fuerte corrida.

Se vistió y dijo lo bien que había estado, lo bien que lo había pasado y que ya veríamos otra vez, me entrego el contrato y me dijo que me llamaría, me arregle y salí de su despacho pensando en lo estúpida que había sido, me había convertido en una prostituta de la calle que se vendía por un papel.

Nunca me llamo y nunca pude hablar con él, porque me hizo chantaje con toda la grabación… en ningún momento decía que no quería hacerlo, o donde se viera que había sido forzada, me había prestado voluntariamente.



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Por fin llegó mi momento



Por fin llegó mi momento

Llegó el día que tanto había esperado, por fin una editorial creyó en mi trabajo. Firme un contrato para la venta de mi libro, estaba tan feliz, que no repare en leer lo que firmaba. Cuando llegue a casa me puse a leer detalladamente todo con ilusión y cual fue mi sorpresa al leer una cláusula en la que prácticamente cedía mis ingresos y beneficios a la editora.


Me dio un vuelco al corazón y salí como un torbellino para ir a la editora. Cuando entre en el despacho del presidente, este con malas formas, me dijo que no podía atenderme en ese momento pero me cito a las 7:00 h. de la tarde, cuando todos se hubieran marchado y estar tranquilos para revisar esa cláusula.

Pase todo el día enfadada conmigo misma, no podía más que repetir lo tonta que era…, cuando llego la hora acordada, fui a verle.

Al entrar en su despacho, estaba sentado en su escritorio, sin la chaqueta, pero si con la corbata puesta. Me hizo sentar en un confidente frente a el y empezó a explicarme el significado de esa cláusula, pero que se podía negociar si accedía a ciertos favores…

— ¡que! no podía dar crédito a lo que oía y me quede con cara de póker, pregunte que de que favores se trataba, y todos eran sexuales.

En ese momento vivía una situación muy angustiosa económicamente, y necesitaba dinero para pagar las deudas y sobrevivir… así que después de pensarlo, me di cuenta de que no tenía otra opción mas que aceptar esos favores sexuales y
acepte con una condición, que me escribiera cuantos favores serían y su compromiso de que anularía esa cláusula. Y así fue.

En ese mismo momento que firmo el documento, tenía que empezar el primero…

Me hizo quitarme la ropa interior, dejándome la blusa blanca que llevaba abierta y la falda a cuadros grises, entonces él se levanto y se quito el pantalón… solo le veía el bóxer, y cuando se los bajo, salió una polla descomunal, era increíble, ni en las películas porno había visto una igual.

A continuación me dijo que le chupara la polla despacio pero con entusiasmo y yo solo de ver ese monstruo me repugnaba, pero al final no tenía otra opción, si no lo hacía, no cobraría y encima tendría que indemnizarles con una millonada.

Cogí esa polla con la mano y me la metí en la boca con gran esfuerzo y empecé a chuparla, al mismo tiempo la movía de arriba abajo con las dos manos, notaba como se endurecía a cada chupada y cuando estuvo cachondo, me hizo que me tumbara sobre su escritorio con las piernas abiertas.

El intentaba meter su polla en mi vagina, pero mi coño se resistía a abrirse, el dolor era increíble, estaba seca y no había forma, así que decidí tocarme y con los dedos, empecé a hacerme una paja, estimulándome el clitoris y poco a poco fue abriéndose mi vagina y al final entro, consiguió penetrarme pero empujaba con fuerza y notaba su polla en el tope, en lo más hondo de mi interior… el dolor era increíble, solo quería que acabara.

Entonces empecé a jadear, y le decía…

— que polla tienes… como me gusta… sigue así mm…
simule disfrutar, pero llego un momento que no podía aguantar mas, y cogí su polla con la mano y me la saqué de dentro y le dije que me había corrido, y que ya no podía mas, pero el me miro con unos ojos que me dieron terror, y dijo que el no podía quedarse así y que tenía que correrse, y le deje continuar hasta que se corrió.

Se limpió con unos pañuelos de papel y yo pase al wc. después paso el y volvió vestido y con su semblante serio.

Y llego el último día de favor sexual, era en un hotel, y ahí terminaba mi compromiso. Pero debía hacer algo porque no podía volver a meterme ese pedazo de polla, así que le obligue a que se duchara, y cuando salió, yo estaba desnuda, le dije que esperara que le iba a realizar un show privado para el…

empece a moverme, a contonear mis caderas, me agachaba enseñándole mi coño abierto por detrás, al mismo tiempo me tocaba, me pellizcaba los pezones y así estuve un buen rato bailando, dando vueltas, enseñándole todo.

Me subí a la cama abriéndome el coño y metiendo mis dedos dentro, veía su polla y me di cuenta de que estaba lista, así que me agache frente a él, la cogí con la mano y empece a hacerle una paja, de vez en cuando, cuando pedía metérmela, bajaba la boca y con la punta de la lengua rozaba apenas su polla y echaba saliva y seguía con la paja mas deprisa.

Él insistía en que quería meterla, pero yo le decía que me dejara jugar un poco más, y al momento se corrió de una manera que se quedó rendido.

Necesito tiempo para reponerse, y cuando lo hizo, y ya estaba relajado, me hice la dueña del documento, había ganado. Y evite volver a meterme aquella polla.

Fui al medico para que me hiciera una exploración para ver si me había dañado algo, pero solo salió en las pruebas que estaba rojo e irritado. Me salve.
En ese momento fue cuando desperté de mi letargo y decidí que no habría hombre en la tierra que volviera a gestionar mi vida sexual y personal, había sido una esclava de los hombres en el sexo.


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De profesión bailarina



De profesión bailarina

Me llamo Lorena, tengo 23 años, soy delgada pero con curvas, pelo largo castaño. Soy bailarina y debido a el nulo trabajo de este último año por el virus que nos rodea, he tenido que buscarme la vida como he podido.

Una amiga me hablo de una aplicación donde la gente paga por ver contenidos de imágenes, vídeos y se me ocurrió que podía colgar algunas fotos y ganar un dinero.

Empecé a bailar con poca ropa, ropa interior por lo general y cada día tenía más hombres que me seguían y vi como mi cuenta iba subiendo y fui poniendo fantasía en mi vestuario, me vestía de colegiala con coletas, de enfermera, policía y más…

Al poco empecé a recibir mensajes privados en las que me hacían propuestas, en las que me pagaban por hacer bailes privados, ( por un baile me pagaban, lo que ganaba en una semana ) así que un día acepté. Total solo tenía que bailar y al fin y al cabo ese era mi trabajo profesional. Claro que me di cuenta de que el chico se puso muy cachondo rápidamente, notaba como su bulto empujaba la cremallera de su pantalón.

Me divertía aquella situación y empecé a agacharme frente a él, mostrándole mis nalgas cerca de su cara, con mi uniforme de colegiala resultaba muy excitante. De pronto note como me agarro de la cintura y me dijo…

— cuanto quieres por chuparmela …

La verdad es que me pillo de sorpresa, era la primera vez que me pasaba y no supe que decir, pero rápidamente reaccioné y pensé pedir un precio muy alto para que lo rechazara… y cual fue mi sorpresa cuando saco un fajo de billetes y me los dio…

Me quede desconcertada, ahora no podía echarme atrás. Así que pensé… menos mal que el chico está bien

Me agache y empecé quitándole el cinturón, desabroche el botón y baje la cremallera del pantalón y salto a mi cara una polla de unos dieciséis centímetros con un grosor de tres, estaba totalmente empalmado y brotaba de su punta unas gotitas transparentes, sin pensarlo abrí la boca y me la metí de una vez al fondo de mi garganta…

Sentí como se reclinó en el sofá y fui metiendo y sacando su miembro de mi boca, despacio fui saboreando y notando en mis labios la dureza de su miembro. Mi boca estaba inundada de líquido y saqué su polla y con la mano derecha la agarre y con la izquierda cogí sus huevos y escupí en ellos, a continuación empecé a lamerlos y a intentar metérmelos en la boca uno y después el otro, sin dejar de mover su polla con la mano…

Oía sus gemidos y volví a meterme la polla en la garganta, la metía y sacaba de prisa al mismo tiempo que acariciaba sus testiculos y de pronto dijo…

— ya, ya, yaaaaa

Y se corrió en mi boca… me gustó su sabor y trague todo, hasta la última gota.

Fui al baño para lavarme y mire la hora… solo habían pasado unos diez minutos… a partir de ese día, incluí en mi baile una nueva rutina.


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Me case con mi jefe



Me case con mi jefe

Una tarde teníamos mucho trabajo y debíamos quedarnos en la oficina, teníamos que terminar un proyecto para una reunión muy importante el día siguiente.

El jefe nos pidió a Marta y a mi que nos quedáramos una de las dos para avanzar… nos lo jugamos a cara o cruz para saber cuál de nosotras se quedaba y me toco quedarme a mí.

Después de varias horas trabajando sin darnos un respiro, mi jefe dijo que iba a pedir a un restaurante comida para cenar algo y así continuar sin perder el tiempo. En un momento dado me preguntó si no me importaba que se quitara la chaqueta y la corbata, a lo que le dije que él era el jefe.

Yo aproveché y también me quite la chaqueta y me quede con la blusa blanca y falda para estar más cómoda. A los veinte minutos llegaron del restaurante con la comida y nos sentamos en la mesa de reuniones para cenar y no manchar los papeles.

La mesa era de cristal, por lo que se veían las piernas. Cenamos y hablábamos del trabajo y después nos relajamos con cosas sin importancia. Pasados unos minutos fuimos a el despacho de él y empezamos a organizar toda la documentación, tuvimos que poner por el suelo los papeles para no mezclar nada.

La falda que llevaba era estrecha y corta a la altura de las rodillas, así que para poder agacharme tuve que subírmela un poco para arriba, estando agachada ordenando los papeles me di cuenta de que mi jefe me miraba.

No le di importancia y hice como que no me daba cuenta, y continuamos trabajando. Eran cerca de las dos de la madrugada y por fin terminamos. Después de colocar todo en las carpetas y dejarlas listas para el día siguiente, propuso tomar un whisky y fumar un cigarro tranquilamente.

Lo cierto es que lo necesitaba, había pasado muchos nervios para poder terminar todo a tiempo. Así que acepte y nos sentamos en la zona de sofás para descansar un rato.

Empezamos a hablar del trabajo y tomamos otra copa y sin parar de fumar, la conversación pasó a ser más personal y desenfadada, empezamos a bromear y reírnos, y me relajé, cruce las piernas y entonces volví a ver como miraba mi tanga, me quedé mirándole y entonces se incorporo y me beso en los labios.

Sin darme tiempo a pensar, me tumbó en el sofá y yo me entregué, al darse cuenta de que yo aceptaba, rápidamente me empezó a tocar y tocar. Me estrujaba las tetas y después me levantó la falda.

Le toque el bulto de su pantalón y noté como algo duro apuntaba a mi coño. Fue visto y no visto, apartó mi tanga a un lado y metió su polla en mi vagina. Estaba firme como me gusta, goteante, me hizo estremecer.

Mis pechos estaban tensos y los pezones puntiagudos, note como si una corriente de electricidad recorriera mi cuerpo con sus movimientos. Estaba muy mojada, su polla entraba y salía con suavidad de mi coño.

Estaba muy cachonda, quería correrme. El fuego envolvía mi coño, pero de pronto oí un gritito y paro, y a continuación note como su líquido corría dentro de mí y ese calor… mmmm… la sensibilidad que tenía en lo más profundo de mi, hizo que estallara en silencio.

A los pocos minutos sin sacar la polla de mi interior, dijo que si yo había terminado o hacía algo, a lo que le dije que había llegado también.

Entonces se levantó y cogió unos Kleenex y se limpió la polla, me dio un par de toallitas y me limpié, nos vestimos y al salir al garaje, se ofreció para llevarme a casa…
Por el camino dijo que podíamos quedar a cenar otro día…

Y así fue, a partir de ese momento empezamos a vernos a menudo y entre escapadas de Sexo y cenas, llegó un momento que me pidió matrimonio y nos casamos.

Fue muy bonito al principio, un rey para mi, pero al tiempo de estar casados, empezaron a contarme que se acostaba con todo lo que llevaba falda y hasta que un día le pille, después hubieron más veces….en distintos restaurantes, con chicas jóvenes y siempre decía que eran trabajo y empezó olvidarse de mi.

En ese momento empece a pensar en cómo sacar dinero a esta situación… todo lo que pudiera y trace un plan….

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Cristina, mi profesora de piano



Hoy sería el día de la dichosa cita con Cristina y estaba más que nerviosa. No era mi primera pero sí era la primera con alguien que me tenía completamente loca. Una parte de mí sabía que era un terrible error seguir este juego con ella y que lo pagaría muy caro pero… ella tenía la fuerza de un imán y me atraía de una manera sobrenatural.

Muy probablemente terminaría con el corazón más roto de lo que ya está; esa pequeña parte del pequeño revolcón con el adonis no se ha ido de mi mente. Y la sensación de celos no había desaparecido, pero después de lo que pasó en el auditorio no quería arruinarlo; estábamos en una nube rosa que nos… que me mantenía flotando. No quería malos tragos antes de un gran día.

Después de tanto pensar, me decidí por un vestido rosa, con algunas decoraciones y sin mangas. Como todos los días, el calor era infernal y los Jeans no parecían una buena opción. Unos zapatos abiertos con tacón no muy alto y algo de maquillaje. Listo. Cristina constantemente me repetía que le gustaba verme al natural. Sigo creyendo que dice las cosas para aminorar el golpe de su ida. Faltaban unos cuantos minutos para la cita cuando sentí mi teléfono vibrar. Era ella…

-Hola.- Dije sin poder contener la sonrisa estúpida.
-¿Lista, pequeña?-
-Más que lista.-
-Estoy abajo.-
-Voy.- Colgué. Se escuchaba feliz, esa era una buena señal.

Agradecía a los cielos porque mis padres no estuvieran aquí para llenarme de un montón de preguntas. Sabían que salía con una “amiga”, omití que la amiga era mi profesora de piano. Mi hermano estaba en práctica de fútbol, así que no tendría que darle explicaciones a nadie. Al abrir la puerta Cristina estaba sobre el capo de su coche aparcado frente a mi casa.

Se veía divina. Su pelo suelto, iba maquillada y se veía más que perfecta. También optó por un vestido y tacones altos. Me acerqué a ella y me recibió con un abrazo.

-Estás guapísima .- Susurró a mi oído.
-No te quedas atrás. Estás muy guapa.-
-Es sólo la cara…- Me soltó y abrió la puerta del pasajero para que entrara.

Ahora me di cuenta de lo mucho que le costaba tomarse los cumplidos. Hace unos días le dije que parte de mi progreso se lo debía a su constante motivación. Se limitó a decirme que era parte de su trabajo. Era como si no quisiera aceptar que algo bueno puede salir de ella. Y ahora con su “es sólo la cara”; sí, Cristina podía ser una hija de puta cuando se lo proponía pero habían muchas cosas buenas dentro de ella. Aunque no las pueda ver.

Durante el trayecto hablábamos animadamente de nuestros días. Ella seguía odiando que por culpa de una huelga tenía que trabajar horas extras. Ni siquiera estaba a favor de lo que peleaban pero al ser una minoría tenía que seguir la corriente. Era muy eficiente con su trabajo por lo que la cuestión de papeleo la terminó en cuestión de unos días. Días en los que se aseguró de decirme en dónde estaba y qué estaba haciendo.

Parecía que quería quitarme la espina de lo que pasó con su “amiguito”. He de decir que lo disfrutaba y me agradaba que se preocupara de mí en esa forma.

-¿Qué harás cuando seas mayor?- Rompió por completo el tema de conversación que teníamos.
-Aún no lo decido. Me queda un par de semestres para averiguarlo.-
-No lo dejes pasar mucho tiempo. ¿Hay algo que particularmente te llame la atención?- Se veía muy interesada.
-Psicología me gusta muchísimo. Puede ser una opción viable.-
-¿Hay una escuela cerca?- Negué.
-Cuatro horas de aquí.-
-¿Con quién vas a vivir?- Comencé a reír.
-Ni siquiera tengo definido si quiero eso, ¿qué te hace creer que ya sé dónde voy a vivir?-
-¿Tienes familia ahí?- Volví a negar. –No me agrada.-
-Es una pena que no dependa de ti.- clavó su mirada en mi, noté cierto enfado en su mirada.
–Te vas en un mes, ¿qué te preocupa lo que será de mi vida en un año?

Muy a su estilo ignoró el tema subiendo el volumen de la radio. De inmediato lo apagué.

-¿Te importa?-
-Sólo quería hablar de algo, Al… y sí, me importa mucho. No te quiero vagando en una enorme ciudad tú sola.-
-Me las voy a arreglar. Siempre lo hago.- La vi sonreír. -¿Qué?-
-Nunca te das por vencida.-
-Nunca.

Me sorprendí mucho cuando Cris me llevó a las afueras de la ciudad y nos desviamos a un camino de tierra. Calculo que habíamos avanzado unos dos kilómetros cuando llegamos a una pequeña cabaña.
Ella no decía nada, simplemente me sonrió al aparcar frente al bonito lugar.

A pesar de haber pasado aquí toda mi vida no conocía esta parte de la ciudad. Cris bajó del coche y se apresuró a abrirme la puerta; amablemente me tendió su mano para ayudarme a salir. De la mano llegamos a la puerta de la casa. Sin soltarme buscó en un pequeño bolsillo que tenía su vestido y sacó una brillante llave. Abrió y frente a nosotras había una enorme sala perfectamente arreglada, una mesa en el centro, dos cojines a los lados y mucho sushi.

-Creo que mencionaste que te gusta el sushi.- Me sonrió ampliamente.
-Me fascina. Gracias.

Sin pensarlo dos veces me colgué de su cuello y la besé. La sentí tensarse al principio pero después se aferró a mi cintura y profundizo el beso.

-Así que el sushi tiene estos efectos… debería dártelo más seguido.- Sonrió sobre mis labios.
-Gracias.-
-Aún no hemos empezado. Agradéceme al terminar.-
-Pero quiero agradecerte ahora.- Le dio un beso corto. –Gracias.-
-De nada.

Con una inusual sonrisa me invitó a pasar a la casa.
La cena fue mágica, simplemente mágica. Cristina se portó como… como si fuera mi pareja. Estuvo atenta en todo momento, me sirvió, me dio a probar de su comida, de vez en cuando se inclinaba y me robaba un beso. Era como si fuera una Cristina diferente y la odiaba. Odiaba que se portara tan bien porque no quería quererla más y portándose así era imposible.

Apenas terminamos de comer me eché sobre ella y la besé con toda la pasión que encontré dentro de mí. Ella ni corta ni perezosa me correspondió; sus manos encontraron un camino debajo de mi vestido con una facilidad increíble. En segundos me tenía gimiendo sobre su boca mientras ella amasaba mis nalgas.

-Eres como una puta fruta prohibida, Al… Lo que te quiero hacer…-
-Hazlo.- Dije con los ojos cerrados.
-No quiero lastimarte.- Respondió dejando pequeños besos sobre mis labios.
-Hazlo, porque necesito odiarte.- Dejó de besarme y abrió los ojos abruptamente.
-Lo siento mucho, Al… pero no puedo alejarme.- Me puse de pie y cogi mi teléfono. Ella me veía confundida.
-Ma, me quedaré en casa de Sam a ver películas. Mañana es sábado así que no hay problemas por la escuela.

Esperé la letanía de mi madre aunque sabía que al final accedería.

–Sí, sí la próxima vez te aviso antes. Te veo mañana. Te quiero.

Le envié un mensaje a Sam pidiéndole que me cubriera; me debía un favor. Apagué el teléfono y lo aventé al sillón.

–Toda tuya.-

Parecía que alguien hubiera encendido una llama en los ojos de Cristina, sus profundos ojos cambiaron de la preocupación a la lujuria en dos segundos. Sonrió, esa sonrisa que aparece cuando estamos en la cama; se puso de pie y caminó lentamente hacia mí. Se inclinó un poco para poder quitarme el vestido y dejarme sólo en ropa interior.

-Toda mía. Solo mía.

Su forma de verme me hacía sentir deseada, bonita, importante, todo en el aspecto físico pero no en lo emocional. Ella necesitaba saciarse… no quería que la amaran, mucho menos amar.

-¿Eres mía?

Pregunté mientras sus dedos jugaban con las tiras de mi sostén. Dejó su tarea un momento y me miró fijamente a los ojos.

-Sí, soy tuya.

Quería creerlo, necesitaba creerlo… aunque sea un segundo.

–No lo pienses, me cogió de la cara
– siéntelo. De nuevo atrapó mis labios con fuerza.

Me apretó a ella, sus manos vagaban por todo mi cuerpo, sus labios se comunicaban con los míos, su lengua me enloquecía. Estaba a su merced. Así como ella me quería tener, así como quería estar para ella. Aferrada a su cuello dejaba que las sensaciones que ella me producía se tatuaran por toda mi piel. No sabía cómo era el cielo pero estoy segura de que era algo muy cercana a esto.

-Quiero estar muy dentro de ti…

Escucharla hablándome así me excitaba más; esta mujer tenía una increíble facilidad para manejarse en la cama. Entonces recordé lo que me había dicho… Aprender, crecer y follar.
¿Habrá sufrido?

Cogí su cara, la acerqué a mí y la besé con ternura, lento, suave, sin ninguna prisa. Sus manos dejaron mis hombros y se quedaron colgados a sus costados. Estaba muy tensa. Lentamente bajé mis manos, recorrí sus hombros, sus bíceps, su antebrazo hasta lentamente entrelazar mis dedos con los de ella. Apenas movía sus labios sobre los míos; intentó meter su lengua en mi boca pero no la dejé.

-No.

Me espanté al escuchar la solemnidad de su voz. Salió de la casa prácticamente corriendo; me quedé con la cabeza agachada y me vi únicamente con ropa interior. Si iba a dormir aquí sería mejor quitarme los zapatos.
Estaba por quitarme la segunda sandalia cuando Cristina entró nuevamente; su expresión era indescifrable, feliz no estaba, era obvio pero algo en ella estaba diferente. De un tirón se quitó el vestido y se puso algo que llevaba en las manos; hasta ahora me percataba de ello. Lo había visto en algunas películas lésbicas… strap-on. Sentí que la garganta se me secaba, tanto por el tamaño de esa cosa como por lo sexy que se veía Cristina con él puesto.

-Boca arriba en el suelo.- Dijo con voz autoritaria.

Terminé de quitarme el zapato, lentamente me bajé las bragas y me puse en el suelo como ella me lo indicó.

Su mirada seguía llena de lujuria pero había algo más que no podía descifrar; se quedó un momento contemplándome. En un ataque de no-sé-qué-demonios llevé mi mano a mi coño y exploré mis pliegues unos segundos para después jugar con mi clítoris. Cristina me veía atentamente, llevó sus dedos a su boca, los llenó de saliva y los bajó al miembro artificial que colgaba en su entrepierna.

El simular la masturbación masculina casi hace que me corra.

Nuestros ojos nunca se apartaron, nos veíamos intensamente esperando a ver quién hacía el primer movimiento. No fue raro que fuera ella. Se arrodilló frente a mí a la vez que yo abrí más las piernas para darle mejor acceso. Volvió a llenar de saliva el miembro antes de acomodarse en mi entrada.

-Te gusta provocarme, ¿cierto?- Colocó la punta del pene dentro de mí y llevó el dedo pulgar de su mano izquierda a mi clítoris para jugar con él.
–Contéstame.-
-Sí.- Cerré los ojos un momento. –Me gusta saber que provoco cosas en ti.- Se enterró un poco más en mí y solté un leve gemido.
-No tienes idea de lo mucho que provocas… no la tienes.

Mis manos se fueron a sus piernas para acariciarlas. Su mano libre vagaba por mi abdomen y amagaba con tomar mis senos. Levanté la cadera y el miembro se hundió un poco más.

-Sólo para ti.

La mire a los ojos mientras tomaba entre mis manos su mano. Ese fue su detonador, de pronto tenía sus fuertes brazos a lado de los míos y la extensión de ella muy dentro de mí.

-¡Cris!- Me aferré a su espalda.

Era, mucho, el intruso más grande que había tenido ahí abajo; dolor. Estaba en una delgada línea entre el dolor y el placer, tenía los ojos cerrados, mis dedos enterrados en la piel de Cristina. Entendió eso y se quedó un momento inmóvil con sus labios vagando por mi cuello. Cuando me agarré en su espalda se suavizó, comenzó a moverse lentamente.

Mis manos tocaban su espalda, sus brazos, se enredaban en su cabello, se aferraban a su cuello, no sabía ni qué hacer conmigo. El cúmulo de sensaciones era algo que nunca había sentido y es que al estar con Cristina cada vez se sentía como la primera. Siempre había algo nuevo, algo diferente, algo que excitara más que la primera vez y eso me volvía loca.

Su ritmo lento poco a poco se fue intensificando, las embestidas eran cada vez más fuertes y más profundas. Su cabeza aun enterrada en mi cuello. Intenté pasar mis piernas por su espalda pero con una mano me lo impidió y me ordenó que las mantuviera abiertas. No lo analicé simplemente obedecí. El calor era intenso, una fina capa de sudor apareció sobre la piel delicada de Cris y su respiración era cada vez más entrecortada. Como pude me incliné un poco para darle un beso en el cabello.

-No.- Segunda negativa de la noche.
–Te estoy follando, no estamos haciendo el amor.- Y para probar sus palabras me propinó una estocada descomunal; sentí que me partiría en dos.
–Esto es lo que te puedo dar.- No me veía.

Sólo pude asentir. No tenía opción. No le diría que no ya que la tenía, literalmente, dentro de mí. Sacó el miembro hasta dejar solo la punta dentro de mí, esperó unos segundos antes de perderse de nuevo en mí. Era una sensación delirante y el saber que era ella me mojaba más.

Sus pausadas penetraciones fueron acompañadas por mordiscos a mis senos. Ni siquiera se preocupó por quitarme el sujetador. Mordía con fuerza, como si quisiera darme a entender algo.

Cerré los ojos y me dejé llevar, segundos después explotaba en un delicioso orgasmo que se prolongó cuando Cristina me penetró rápidamente unas veces más sin dejar de jugar con mis senos. Aún dentro de mí se incorporó y buscó mis labios, los tomó con fuerza y su lengua inmediatamente buscó la mía. Los besos húmedos se extendieron por varios minutos hasta que la detuve.

-Así se siente ser prostituta.-
-¿De qué hablas?-
-Dar tu cuerpo a cambio de algo…- Pude ver un dejo de tristeza en sus ojos que rápidamente se convirtió en enojo.
-Fui clara contigo desde el principio.-
-Eso lo hace más fácil.- Dije sarcásticamente. De un tirón salió de mí, lo cual hizo que me retorciera un poco; estaba muy sensible.
-Hay ropa cómoda en la cama de la habitación de arriba. Me daré una ducha.

Cristina entró por una pequeña puerta de madera la cual cerró estrepitosamente.
Quería a esa testaruda mujer que entró a ducharse, quería todo de ella pero ella no quería nada más que sexo. Hace un mes mi vida era tranquila, solitaria hasta cierto punto, sin problemas, más que los de la escuela, y una que otra discusión con mis padres. Lo típico. Hasta que la conocí y puso mi mundo de cabeza.

He mentido, he faltado a clases por verla, he hecho cosas que en mi vida imaginé que haría; cosas que creí que haría sólo con la persona correcta pero la persona “correcta” se va en un mes. Caricias de lastima, de compasión, como las que se le dan a los perritos en la calle, eso es lo que he recibido de ella y con rabia me doy cuenta que las acepto. Soy una completa idiota.

Estaba semidesnuda y muy bien follada a las afueras de la ciudad sintiéndome miserable y con la persona más imbécil sobre la tierra. Y una parte de mí me decía que lo merecía por no confiar en mi primer instinto de que era un error. De que saldría lastimada; creo que no imaginé que me sentiría así de horrible.

Nuestro primer encuentro fue tierno, dulce, con el toque lujurioso de Cristina y hasta me dijo que le gustaba y de pronto se transformó en esta mujer distante, incapaz de recibir amor o de darlo. Me tendió una trampa y yo felizmente caí en ella. No lo soporté más y me eché a llorar. ¿Realmente creí que alguien como ella se fijaría en mí? Su lujuria necesitaba un receptáculo y yo estaba a la mano. Yo estaba cerca de ella y se aprovechó de eso. Soy un juguete más, al cual va a olvidar cuando se marche.

Escuché que la puerta del baño se abrió después de varios minutos que pasé llorando y regañándome por ser tan estúpida. Me hice bolita en el piso esperando que Cristina pasara de largo a la habitación y me dejara ahí tirada. No quería estar con ella, tenía suficientes motivos para odiarla y comenzaría a hacerlo. La escuché suspirar fuertemente, segundos después podía sentir la frescura que desprendía su cuerpo a unos centímetros del mío.

-La primera vez que me enamoré fue con él.

Había tenido novios antes pero nunca me había sentido tan atraída a alguien como con él. Me hacía sentir bonita, sexy, me hacía sentir única… hasta que entendí de qué iba todo eso.

Las atenciones eran por mi cuerpo, por mi imagen… todo en esta vida son las putas apariencias.- Tomó aire.

–Me vi en la necesidad de cambiar de ciudad, para dejarlo todo atrás y comenzar de nuevo. Llevaba una vida, monótona, gris, me apegaba a lo que vine a hacer hasta que te vi parada junto al piano.-
-No sigas.- Le supliqué.
-Quiero que lo entiendas. Por favor.

No le dije nada; me quedé callada por unos segundos y lo vio como una señal para que continuara.

–Tu cuerpo es tentación, tu cara es divina pero en cuanto comencé a tratarte y vi tu inocencia, vi los motivos por los cuales te mueves, vi como tratas a las demás personas… me vi. Vi lo que solía ser antes de él…-
-Y quisiste desquitarte, lo entiendo.- Se comenzó a reír.
-Caí ante ti, Al. Caí rendida a lo que tú eres… tu inocencia es una arma de doble filo, ¿sabes? Verte masturbándote ha sido de lo más erótico que he visto en mi vida. Se acercó más a mí y me abrazó.

–Me asusta lo que me haces sentir.-
-¿Por qué te portas así conmigo?- Las lágrimas seguían corriendo pero no con tanta intensidad.
-Quiero que me odies.-
-¿Por qué?-
-No tengo nada bueno para ti, Al.-
-Te equivocas…-
-Me conozco, lo voy a terminar estropeando.

Era inútil discutir con ella. Esta pequeña confesión lejos de ayudarme a aclarar el panorama lo hizo más turbio.

-Entonces aléjate de mí.-
-Lo haré, después de esta noche.

Sentí como se me estrujaba el corazón. Con un suave movimiento llevó la mano que me abrazaba a mi estómago y lentamente lo fue bajando a mi vientre, luego a mi monte de venus hasta llegar a mi coño que aún estaba mojado.

Dos de sus dedos recorrieron los pliegues buscando empaparse; abría mis labios, los acariciaba suavemente, amagaba con entrar en mí de nuevo. Las lágrimas y la amargura fueron reemplazadas por los gemidos que no se hicieron esperar. Cristina se pegó aún más a mí; abrí un poco más las piernas para darle más acceso.

-Eres preciosa, Al.- Susurró a mi oído antes de besar mi cuello con fervor.
–Me encantas.-
-Cállate, por favor.

Las lágrimas amenazaban con salir de nuevo. No quería escuchar nada de lo que me decía. Nada.
Me concentré en lo que sus dedos me hacían, si sería nuestra última noche juntas lo menos que podía hacer era disfrutarlo. Cerré los ojos y me dejé llevar. La maestría de sus caricias era exquisita, simplemente exquisita.

¿Alguien que me toque como ella? Quizás. ¿Alguien que haga mi corazón latir como lo hace ella? No creo que pueda encontrar en esta vida o en las que sigan.

Y así una vez más me dejé llevar; la disfruté y ella me disfrutó. La mañana nos encontró desnudas en la sala de una pequeña cabaña, iluminando con sus rayos nuestros últimos segundos juntas.

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